Laurita (o como la imagen no es solo apariencia)

En Chile tenemos a la Beata Laurita Vicuña. Un niñita que dio su vida por la salvación de su madre (su historia narrada en forma muy objetiva y sin dramatismo acá) y que de paso ha realizado algunos milagros reconocidos por la iglesia.

El problema no lo posee ella, sino mi Iglesia que luego de un estudio solicitado al departamento de criminalística de Carabineros, descubrió que la Laurita que conocíamos (en la imagen a la derecha) era en realidad una niñita morenita y no tan distinguida como nos parecía (la bella niña de la izquierda).

De inmediato las voces de la Iglesia dijeron “la imagen no importa”, lo cual me pareció recordar algunas herejías maniqueístas. Así es que quisiera con ustedes pensar si la imagen importa o no… obviamente desde la perspectiva de este humilde, de buen humor y “negrito” servidor.

La imagen (que no es sólo eso).

En tiempos como los actuales la imagen lo es todo. Bueno pareciera que siempre lo ha sido. En filosofía se nos enseñaba que desde Parménides empezaba la discusión entre lo aparente y lo real, mirando con desdén la apariencia. Se suponía que la visión de Parménides se impondría sobre las demás, incluso Platón la reafirmaba con su mundo de las ideas. Sin embargo, el tiempo ha parecido girar en favor de Heráclito y los sofistas, quienes llevan las de ganar en la actualidad (y a quienes debemos reestudiar con una mirada menos prejuiciosa).

Por mucho tiempo creí que era así, que “lo importante iba por dentro” y que “no había que valorar una fruta por su cáscara”. Esas eran las enseñanzas que se me entregaban desde pequeño. Al ser yo negro, chico y feo no me quedaba otra que creerlas y aceptarlas.

Lo curioso era que esa predica no iba acompañada de acciones concretas. Mientras el rubiecito ojos verdes del curso en kinder era el sol, yo me disfrazaba de plutón y daba vueltas lo más lejos posible. Mientras los niños blanquitos leían los discursos y salían adelante en los actos, a mi me ponían en el coro en la fila de atrás. O debía guardar silencio cuando las amigas de mi madre se alegraban porque había nacido un bebé y “¡era blanquito!”.

Uno, criado como buen católico, buscaba consuelo en Dios, del cual eramos hechos a imagen y semejanza. Sin embargo poco podía consolarme yo cuando me mostraban a este dios:

JESUCRISTO RUBIECITO.jpg

Es difícil ser niño y crecer con estas incoherencias. Todos los modelos de excelencias o de perfección que se me mostraban eran semejantes al del europeo medio, altos, pálidos, ojos verdes o azules y de pelo más bien claro. Este ideal contrastaba con lo que yo era, en forma notable. Pero los mensajes que se me daban para calmarme en general no eran los mejores. En vez de invitar a aceptar mi condición, de moreno latinoamericano, apelaban a la negación de mi imagen. De la misma forma como los altos prelados de la actualidad no quieren asumir la imagen morena de Laurita, a mi se me invitaba a lo mismo: “la imagen no importa”.

Y la verdad es que sí importa.

El cuerpo y la imagen.

No puedes andar por la vida negando tu cuerpo. La única forma por la cual se transmite lo que es tu alma pasa por tu cuerpo. No hay comunicación posible sin la corporalidad. De hecho una de las cosas que más me cuestionaba cuando joven era precisamente esto. Si todo lo que importaba era lo espiritual, y el cuerpo era medio transporte de nuestro ser, ¿por qué Dios nos había creado con un cuerpo?

Más tarde lo entendí. Somos un cuerpo. Y es importante mientras ese cuerpo refleje lo que somos como personas. No es lo mismo la imagen (como apariencia) de lo que somos como entes, la idea es que nuestra imagen manifieste lo que efectivamente somos. Pero esto no pasa por negar lo físico y aprec
iar lo espiritual o no físico. La idea es que la imagen desarrolle nuestro ser y lo comunique realmente. En tal sentido la idea es cuidar nuestro cuerpo para que pueda reflejar efectivamente lo que somos como personas.

En tal sentido es posible que una bonita imagen resulte tan pejudicial como una fea imagen si es que tal imagen bella no expresa lo que somos efectivamente. Cuando endiosamos un estereotipo de belleza y queremos que todo se asemeje a ella cometemos el error de negar nuestro propio ser. Quizás esa pretensión de que todo santo sea “bonito” ha alejado a muchos más que acercarlos. al meos yo me hubiese sentido mejor con ese Jesús narigón pero real que efectivamente se acerca a los más humildes y pobres en la figura del carpintero:

Cristo real.jpg

Bueno, bonito y … ¡verdadero!

Más de alguien se escandalizaría porque en las iglesias y catedrales se cambiara la imagen de nuestro Jesús. al estilo deJeffrey Hunter o de Robert Powell por la de este moreno narigoncito mostrado más arriba. Ello porque sin duda alguna solo se quedarían con la imagen y no con la persona completa de Cristo manifestada en la imagen.

En algún momento de nuestra historia alguien desligó la belleza del ser y lo redujo a mera apariencia. En ese momento se perdieron nuestras seguridades y más de alguna autoestima.

Desde siempre, en la concepción helénica, madre de nuestra cultura occidental, la belleza se ha asociado con la bondad y con la verdad. Quizás sea bueno reconsiderarlo así. La belleza de algunas personas solo puede relucir al descubrir la bondad de sus actos, y al constatar esa verdad entre su imagen y sus actos, podemos efectivamente apreciar su belleza. Por ello no hay que dejar de lado la imagen, sino que encararla, asumirla, para que sea correcta expresión de lo que somos. Sólo así la imagen es manifestación de la verdadera belleza interior.

Algo así nos lo explica S.S. el Papa Benedicto XVI en un bello artículo que nos invita a “Formar en la admiración y deseo de la belleza

Nos lo recuerda el Evangelio de san Mateo, en el que leemos la exhortación dirigida por Jesús a sus discípulos: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Conviene notar que en el texto griego se habla de kalà erga, de obras bellas y buenas al mismo tiempo, porque la belleza de las obras manifiesta y expresa, en una síntesis excelente, la bondad y la verdad profundas del gesto, como también la coherencia y la santidad de quien lo realiza. La belleza de las obras, de la que habla el Evangelio, nos remite a otra belleza, verdad y bondad, que sólo en Dios tienen su perfección y su fuente última.

En tal sentido, no creo que haya muchos problemas al conocer la vida de esta niñita llamada Laura Vicuña, lo que hizo por su madre y descubrir con su vida que así morenita sigue siendo más bella que antes:

laurita de verdad.jpg

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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