¿Cuánto vale educar?

niños

Cuánto vale la pena pagar por una clase

Se dice que la condición socioeconómica es requisito para una buena educación. El principio es sencillo: quien tiene más recibe mejor educación. Sin embrago, en nuestra región esto no se cumple. Tenemos una de las mejores condiciones socioeconómicas del Apis y los puntajes más bajos en SIMCE. ¿Por qué ocurre esto?

Hace unos días la Fundación Minera Escondida le regaló a la ciudad una brillante investigación que sistematizaba todos los diagnósticos hechos sobre la realidad de la educación en nuestra ciudad. En tal documento se entregaban líneas de respuesta a la pregunta antes planteada.

Antes que se levanten los gremios o las autoridades defendiéndose hay que aclarar  un aspecto: son muchos los agentes que intervienen en una mala educación en nuestra ciudad. Algunas pistas que descubrimos en dicho informe por una parte fue la poca presencia de las familias de la región en la educación de sus hijos, en general los padres no suelen apoyar a los liceos y colegios en la formación de sus hijos llegando su ausentismo a un porcentaje cercano al 52%. Pero a esos e suma la poca autocrítica de los profesores, quienes suelen mirar mucho a las familias o al sistema para culpar por los malos puntajes y poco a sus propias prácticas y acciones. El problema es que quien no quiere reconocer sus errores no suele andar buscando mejorarlos. Las universidades por su parte no dan la educación de calidad  a los nuevos profesores como tampoco ofrecen programas de formación continua en lo que los mismos docentes les solicitan. Y por último, nuestra autoridad comunal no suele aprovechar la oportunidad que tiene de mejorar cuando es responsable del casi 60% de la matricula total de la ciudad.

Podríamos con esto sentirnos satisfechos todos, pues pareciera que todos somos responsables. Ya saben el adagio “mal de muchos consuelo de tontos”. Sin embargo dudo mucho que todos los antofagastinos padezcamos de una estupidez en nuestras decisiones. De uno y otro lado surgen voces y compromisos para mejorar la educación.

Si la culpa es compartida debe existir un elemento común que fortalezca nuestras carencias. En mi opinión ese elemento tiene que ver con la poca valoración que hacemos de la educación. Creo que los antofagastinos no valoramos la educación. Quizás sea porque en las empresas productivas de la región con una baja cualificación personal es posible acceder a labores muy bien remuneradas o quizás sea simplemente porque creemos que la educación al ser un derecho debe ser gratis.

Por ello no se valora la educación. Es cosa de preguntar a los sostenedores el nivel de retraso en los pagos de escolaridad, pagos que se atrasan “pues se debieron cubrir otras cuentas más importantes”. Es cosa de ver lo mal que pagamos a los profesores. O ver lo que les cuesta a los docentes cobrar el precio justo por sus clases particulares. En general hay algo que nos impide valorar adecuadamente lo que significa educar o educarse.

¿Cuánto vale una clase?

Mucho, muchísimo, al menos un poco más de lo que vale un ojal.

Reducir el problema de la educación a  la cantidad de dinero necesaria para producir una buena clase puede ser interesante. Los colegios de elite en la capital suelen sobrepasar los $ 300.000 desde hace bastante tiempo. El problema en mi opinión es que esto implica dejar la educación a una regulación de tipo económica que poco puede decir de lo esencia de la educación. El mercado ya le paga mal a los profesores, ¿lo seguiremos utilizando para encubrir nuestro desprecio por una educación de calidad?

Sin embargo el análisis ha de ser más preciso. Efectivamente hay colegios privados que cobran bastante alto y que ello no necesariamente asegura un nivel de real calidad. Algunos padres deben agregar  a la alta colegiatura que pagan el valor del preuniversitario o de los profesores particulares que necesitan para que su hijo tenga éxito en ese supuesto colegio de calidad. La idea es que un buen colegio o liceo, logra calidad cuando con sus propios medios consigue éxitos académicos, expresados en buenos aprendizajes y una formación que abarca toda la persona y no solo su desarrollo cognitivo. Es este tipo de institución la que efectivamente vale el precio que exige.

¿Tenemos instituciones así en Antofagasta? No es mi competencia evaluar acá a las instituciones educativas. Pero sí puedo dar algunas indicaciones para que los mismos padres evalúen a su colegio. Por una parte es bueno exigir al colegio que demuestre sus logros en mediciones estandarizadas como SIMCE o  PSU y desde allí apreciar su nivel de logro en aprendizajes. Sin embargo no nos va muy bien en ello. Entre los cien mejores colegios en 10 años de SIMCE solo dos colegios nuestros aparecen uno en el lugar 54 y otro en el lugar 85.

Sin embargo no todo es puntajes, un colegio no se reduce a aprendizajes obtenidos, también requiere que se le evalúe por su formación. En tal sentido habría que revisar qué colegios poseen un efectivo proyecto educativo que los caracteriza y les da un sello distintivo en su formación. Nuevamente la realidad nos contesta con desaliento: pocos son los colegios que logran una buena identidad en sus alumnos, siendo muchos los que hacen más de lo mismo.

Ante tales evidencias sería bueno entonces que nos preguntásemos como ciudad si esta es la educación que esperamos para nuestros hijos. Si tenemos los medios y al menos  en nuestra región mejorar la educación no es cosa de carencia de recursos, ¿por qué no lo logramos?

Creo que debemos aprender a valorar la educación y por tanto exigir de ella lo que merecemos como ciudad. Por ello debemos responder primero ¿Cuánto vale una buena educación?

Una forma de valorar las acciones o cosas es atender a la finalidad que nos permite conseguir. En tal sentido para saber lo que cuesta educar debiéramos preguntarnos cuánto vale la felicidad de nuestros hijos o cuánto cuesta verlos desarrollarse plenamente. Seguramente que en tal dimensión la respuesta apunta  A mucho más que $ 300.000. Una buena educación vale eso y más. ¿Qué más? Vale por lo menos tiempo de dedicación a nuestros hijos, vale también el mejor esfuerzo de nuestros profesores, vale también la decisión seria y comprometida de nuestras autoridades por mejorar las cifras de aprendizaje que tenemos y vale sin duda alguna el compromiso de las universidades o fundaciones de comprometerse en apoyar a estos esfuerzos.

En síntesis una buena educación vale el compromiso serio de cada uno de nosotros por mejorarla, pues de no hacerlo, una mala educación nos puede costar nuestro futuro y el de nuestros hijos.

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