No basta empatar

Ad-Socrates.jpgSócrates fue un filósofo de la antigua Grecia, que murió por querer hacer mejores  a sus conciudadanos. Lo que ocurrió era que este tipo, de aspecto andrajoso y desaliñado, caminaba todo el día por el ágora de Atenas interrogando a grandes personalidades, tratando de descubrir en ellos sus defectos e invitándoles a reconocer su ignorancia. Has de saber, mi estimada hija, que a nadie le gusta que otra persona le indique sus errores y menos si eso se hace en público. Por este motivo, fue que Sócrates se ganó la enemistad de muchos grandes “dignatarios” y “personas famosas” quienes urdieron un plan para quitárselo de encima. El problema fue que algo falló y Sócrates terminó siendo condenado a muerte.

 

El plan era sencillo: “acusemos a Sócrates de estar corrompiendo a la juventud y de estar enseñándoles a los jóvenes otros dioses que no son los de la ciudad”. A partir de dicha acusación, se pretendía lograr el destierro de Sócrates, pero este noble anciano, fiel a su idea de hacer mejores a los demás, terminó demostrando su valía ante el tribunal (y de paso dejarlos en ridículo) con lo cual consiguió la pena de muerte. Has de saber también hija mía que tampoco se ve bien en las sociedades mediocres como la nuestra que alguien reconozca su importancia y menos que se la demuestre a los demás. La envidia, como algún día te contaré a partir de mi experiencia suele ser una cosa muy peligrosa.

 

Pues bien, una cosa que me ha llamado siempre la atención es la acusación respecto de la enseñanza de otros dioses. Ocurre que Sócrates siempre señalaba que tenía un demonio que le acompañaba y que le impulsaba a ser mejor. Era una suerte de duendecillo que le indicaba lo que tenía que hacer y que guiaba sus pasos en busca de lo mejor. De tal forma lo explica el mismo Sócrates ante el tribunal que lo acusa:

 

 

Quizá encontréis que sea un contrasentido el que yo me he pasado la vida exhortando a los ciudadanos en privado y que me he metido en tantos líos, que no me haya atrevido a intervenir en la vida pública, participando en vuestras Asambleas y aconsejando a la ciudad.
La explicación está en lo que me habéis oído decir tantas veces y en tan diversos sitios, y es que se da en mí una voz, manifestación divina o de cierto genio, y que me sobreviene muchas veces. Incluso se habla de ella en la acusación de Meletos, aunque sea en tono despectivo. Es una voz que me acompaña desde la infancia y se hace sentir para desaconsejarme algunas acciones pero que jamás me ha impulsado a emprender de nuevas. Esta es la causa que me ha impedido intervenir en la política. Y me lo ha desaconsejado, creo yo, muy razonablemente. Porque lo sabéis muy bien: si hace tiempo me hubiera metido en política, hace tiempo que ya estuviera muerto y por ello no habría sido útil, ni a vosotros, ni a mí mismo.

 

Sócrates debió ser una figura muy singular, pues sentía que su vida era guiada por los dioses para mejorar a toda la ciudad. Se sentía obligado a mejorar continuamente, a ser el mejor, no por vanidad personal, sino por el compromiso de hacer mejores a sus conciudadanos. Supongo que algo tendrá que ver con el concepto de honor griego, que formaba parte de su cultura.

 

A veces yo también he sentido ese desafío interno. A veces (como ahora) no puedo continuar durmiendo pues mi propia voz interna me pide explicaciones, me exige razones de mi conducta. Es una sensación de insatisfacción personal, de sentir que no basta con hacer las cosas bien, sino que hay que buscar, ir más allá de lo posible y sentirte haciendo las cosas en forma buena, no correcta. Por ello me cuesta asociar esa voz con la conciencia, no se trata de sentirse decidiendo entre lo correcto y lo incorrecto, es todo lo contrario es sentir que lo correcto no basta, que debemos dedicar la vida a un gran desafío a algo más.

 

A veces siento que no puedo seguir “empatando”. Siento que una vida en la cual nos dedicamos simplemente a hacer lo debido, a cumplir con lo mínimo exigido, no vale la pena vivirla. No vale la pena vivir si tu vida es incapaz de cambiar (para mejor) tu entorno o a quienes te rodean. La idea es no conformarse con el empate, sino que ganar el partido. Sin embargo, a veces te darás cuenta que no podrás ganar solo el partido. Como le pasó a Sócrates, sus conciudadanos no querían ser mejores, les bastaba vivir con la mediocre tranquilidad que les daban sus puestos y cargos, sin alguien que les exigiese ser mejores.

 

En tal sentido, creo que debo ser honesto contigo hija mía y con todo aquel que se atreva a venir a estas páginas a pasar el rato. Acá no basta con empatar. Acá debes sentir que tu vida posee una dimensión especial, que va más allá de dormir y respirar, que va más allá de cumplir tus obligaciones, que va más allá de responder a tus seres queridos. Acá debes sentir que tu vida significa algo especial para los que te rodean, de tal modo que con tus acciones eres mejor y haces mejor a los demás. Acá no basta empatar.

 

Por ello reiniciamos, con más ganas KIMNIEKAN, luego del desastre ocurrido. Una invitacióna  “pensar lo que hacemos… para ser mejores”. Algo d elo que pretendo se resume en esta canción (El necio de Silvio Rodriguez)…

 

Pero también debo reconocer algo… estas palabras no nacen de algún altruismo de mi persona hacia ustedes. No hay nada de eso, solo quiero que mi propia voz, al escribir este blog, me deje dormir en paz.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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One Response to No basta empatar

  1. Patricio Tapia Metzdorff says:

    ¡INSPIRADOR! Hasta podrías hacer asesorías motivacionales a las grandes mineras, mientras tanto gratis y tal vez después cobradas. Te lo cuento, cuanto trajaba en bodega nos hicieron curso de capacitación. Cuando llegué a la sesión, me sorprendió lo sencillo de todo. El asesor(un viejito) proyectó un Data-show y al final contó algo que nos hizo reír, nada más. ¡Y le pagaron!

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