El mal ajeno

Estamos en medio de un proceso eleccionario importante. La elección de alcaldes refleja que como ciudadanos somos capaces de decidir cómo deseamos que se desarrolle nuestra ciudad a corto y mediano plazo. Cada elección es la posibilidad de expresar la propia opinión respecto del proyecto de ciudad en que queremos vivir.

Sin embargo, lo que he leído de los candidatos en mi ciudad no ha sido muy clarificador del proyecto a desarrollar. Sí he oído mucha rencilla, discusión y lamentablemente descalificaciones de un candidato a otro. Es más hay una página de Facebook que pretende informar a los ciudadanos cobre los votos pero lo único que hace es mostrar elementos negativos de cada uno.

Hay un afán desmedido por descalificar, por denostar, por evidenciar las faltas ajenas. Y es una práctica que no sólo se reduce al terreno de la política, lo he apreciado no en ocas personas que para validarse profesionalmente suelen descalificar a otros en sus trabajos, menospreciando cualquier acción que puedan emprender.

Yo creo que el problema radica en dos errores básicos de argumentación lógica. Una al no entender los principios de contradicción y el otro la falacia ad hominem.

1. El principio identidad y de no contradicción: Una de las primeras verdades lógicas es que cuando uno enuncia un concepto este debe ser entendido de un modo unívoco. No puede darse pie a otras interpretaciones, de modo tal que si se afirme algo, es aquello y no otra cosa. Luego se asume que puedes afirmar o negar un principio, pero nada más, ni tampoco mantener ambos valores al mismo tiempo. Por ejemplo o afirmas que “llueve” o dices que “no llueve”, pero no puedes afirmar ambas cosas a la vez.
Sin embargo, tal principio explicita que al afirmar una idea no implica negar todo lo que pueda parecer contrario. Lo contrario de llueve es “no llueve”, no “está seco”, ni tampoco “está soleado” ni tampoco “es un bello día”.
La negación es sobre los mismos términos y no sobre otros ajenos, aun cuando puedan ser muy cercanos. Por ejemplo que yo afirme en voz alta “yo trabajo” , no implica necesariamente que nadie más lo hace, ni que otros no trabajen.
En tal sentido al afirmar cualidades negativas de otra persona solo afirmo o niego lo que otra persona es, ello no implica que yo sea mejor que dicha persona.
La descalificación del otro solo da información del otro, no dice nada de uno ni tampoco ayuda a identificar lo que uno es.

2. La falacia ad hominem: es un intento de rebatir argumentos opuestos descalificando a quien los esgrime. La verdad es que los argumentos se gana con argumentos y no con descalificaciones. Al denostar a alguien no necesariamente desacredito sus ideas, sino más bien todo lo contrario, solo demuestro que me faltan ideas y que por falta de inteligencia solo me queda hablar mal de otro.
En mi opinión creo que toda forma de descalificación de otro solo manifiesta incapacidad de argumentación y sin duda esto es signo de estupidez (en el sentido de imposibilidad de seguir avanzando en el conocimiento).

Por ello hay que tener cuidado con este tipo de falacia y con otras semejantes a ella tales como:

a) Argumento ad verecundiam: se intenta demostrar que algo es verdadero porque tiene prestigio quien lo dice.
b) Falacia de asociación: se intenta demostrar que algo es falso porque quien lo dice pertenece a un grupo determinado.
c) Falacia del espantapájaros: se introduce en la conversación un nuevo argumento que no tenga relación, y se lo rebate.

Ambos procesos son equívocos y no nos llevan a lo esencial: que al argumentar uno debe demostrar la validez de sus propias propuestas. Mientras la discusión no se lleve a ese plano, creo que poco podemos esperar de una mejora de la política y en consecuencia del tipo de ciudad en que queremos vivir.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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