Tengo un super poder

La vida de un profesor está marcada por insólitas epifanías que en medio de una adversa cotidianeidad suelen convertirse por si solas en la única justificación de la vocación elegida.
Vivimos en un país torpe. No en el sentido de tonto o ignorante, sino en su sentido originario: lento, con dificultades para moverse en el mundo actual. Un país que reconoce sus limitaciones en educación, pero que busca soluciones inmediatas con visibilidad inmediata. En tal actuar, sin darse cuenta este país está arriesgando uno de los capitales que mejor debiese cuidar: la capacidad de sus docentes. Hoy en día no es un misterio que la mirada que se tiene de los profesores ha empeorado. Ya no se les mira con el respeto que poseían los antiguos docentes normalistas, aquellos que en cada reunión social eran reconocidos por su cultura y recta moralidad. Hoy los docentes son los culpables del desastre en educación, hoy los docentes son menospreciados con sueldos bajísimos y con una carga de trabajo superior a sus reconocimientos. Hoy los docentes no son respetados.
>Por ello la solución que se ha dado ha sido simple: “Elevemos los puntaje s de ingreso a la universidad para estudiar educación, pues de esta forma aseguramos al menos que sus calificaciones al salir de la universidad se condigan con la capacidad previa que traían”. Y así fue, sin cuestionar que tal decisión lo único hacia era afirmar que las universidades carecen de la capacidad para dar un valor agregado a los estudiantes que ingresan.
Sin embargo, a pesar de ello, algunos docentes insistimos en continuar con nuestra tarea y poder compartir con otros la hermosa tarea de educar. ¿Por qué de este empeño? ¿Por qué aventurarnos en aguas de por si ya turbulentas?
Nadie dijo que la tarea de educar sería algo sencillo y fácil. Mucha gente estima que así es. Y claro que tiene razón, pues pararse frente aun grupo de personas y hablar de lo que uno sabe es una cosa no demasiado compleja. Sin embargo eso no es educar, eso es simplemente instruir.
Educar implica desarrollar la tarea de comprometerse con otro, de permitir que descubra el sentido último de su existencia y que se comprometa a desarrollarlo. Educar es entregar un contenido, no para que la memoria del otro se active, sino que para que su voluntad se encante y se despierte en la maravillosa tarea de la autorrealización. Educar por tanto es una de las tareas más difíciles que podemos emprender, con muchos sinsabores en el camino pero con una gran satisfacción en su realización.
El educador por tanto es un tipo que adquiere una gran responsabilidad con otros y por lo mismo adquiere un gran poder. Un superpoder.
En los últimos años me he desempeñado como director de una Escuela de Educación en Antofagasta. Mi trabajo ha sido guiar a jóvenes entusiastas en este desafío de convertirse en educadores. Les he visto ingresar muchas veces con carencias, producto de una educación media poco rigurosa y condescendiente. A muchos les costaba hablar en público, no eran pocos los que tenían pésima ortografía o nula capacidad de redacción. Muchos llegaron porque querían ser deportistas o entrenadores o simplemente traductores de inglés. Poco a poco fuimos acompañándoles, escuchando sus historias, corrigiendo las faltas, enseñando lo necesario, pero por sobretodo entregando otras oportunidades de aprendizaje.
De esta forma les veo poco a poco convertirse en educadores o educadoras. En tipos comprometidos, en personas idealistas, dispuestas a jugársela por aquellos niños que les necesitan. Así llegan, ahora vestidos en tenidas formales a exponer en su examen de grado. Una ponencia breve pero significativa sobre educación, para luego defenderse de las preguntas que les hace la comisión que me toca presidir. Mientras ellos y ellas hablan y exponen por mi mente pasan las imágenes de su ingreso ala universidad, de las clases que les hice, de sus primeras exposiciones orales, de más de alguna conversa luego de las prácticas, sobretodo de aquellas en que los mismos profesores les recomendaban desistir de su vocación. Ellos y ellas llegaron ilusionados con un futuro y mientras exponen aprecio que gran parte de la impronta de un educador está. Es cierto que no son todo lo bueno que uno esperaría, pero ¿quién era experto en educación al egresar? Hay mucho que deberán vivir, muchos desafíos por cumplir y deberán mantenerse fieles a su vocación frente a un sistema, a un país que no les valora. Sin embargo mientras les veo exponer y recuerdo como eran al ingresar, aprecio que hubo un notable cambio en su ser.
Por ello, cuando termina toda la presentación y ya han sido evaluados, me corresponde ejercer mi gran superpoder. Este superpoder de dotar a otro de esa hermosa responsabilidad de educar. Por ello algo especial ocurre. El tiempo se detiene. Me levanto y me pongo frente a mi estudiante y digo las palabras: “A contar de hoy y a nombre de la Universidad, tengo el honor de promoverlo como licenciado/licenciada en educación y profesor…o educadora”.
Algo de mi se va en ese egresado. Siento como cobra sentido cada acción ejecutada, como se logra cumplir con lo prometido y como todo comienza a calzar como corresponde. Porque cuando ejerzo esa acción, no sólo mi egresado o egresada alcanza su vocación, sino que también parte de mi se alegra, pues con ello se realiza mi propia vocación.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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One Response to Tengo un super poder

  1. Liliana says:

    Hola, he visitado tu blog y me gustaria proponerte una colaboracion en materia de contenidos. Si te interesa puedes ecribirme a costalila2@gmail.com. Gracias. Un saludo.

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