La canción lógica de mi infancia

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Vista de la plaza y edificios aledaños, gracias a Yerson Olivares

Siempre recuerdo que  por las tardes estaba solo. Iba a mi escuela, la notable escuela América, por las mañanas y por las tardes me quedaba en casa inventando uno y otro juego en casa.

Cada vez que podía me arrimaba  mi hermano, quien tenía buenos amigos y solía ir a la case de Alexis o de Ricardo (otro Ricardo) a jugar Gran capital u otra cosa buena. Lamentablemente no siempre podía ir con mi hermano. Como bien puedes suponer los juegos del hermano mayor son los mejores, el problema es que tú no te das cuenta que al ser el hermano menor, eres precisamente aquella parte del juego que flaquea. Por ello aquel día estaba solo en casa y lo que sucedió no podía sino pasar.

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Acá se aprecia parte de la pendiente

Las tardes en Chuquicamata no eran precisamente una invitación a  la diversión.  No sé si puedes imaginar un paisaje árido y cálido desde tu ventana y el susurro que provoca el viento que pasa por las ventanas. Yo en ese momento vivía en una población llamada el Bosque, irónico nombre para el pueblo en que vivía. Desde mi casa en el horizonte se veían las poblaciones, bajando por la calle que daba a mi casa. Chuquicamata se caracterizaba por tener muchas pendientes y calles en bajadas o subidas, dependiendo del punto de vista.

Lo difícil era organizar los partidos de fútbol en la calle, pues  a veces te tocaba jugar cuesta a arriba lo que hacía el trabajo el doble de complejo. Lo bueno era poder usar esas pendientes cuesta bajo para aprender a andar en bicicleta, cosa que por la gran cantidad de machucones nunca logré allá, o tirarse en improvisados autos de carrera que armábamos entre nosotros. Lo de auto es una licencia artística, puesto que eran simplemente unas cajas de madera, de esas en las que venían repuestos de minería, con algunos engranajes a modo de ruedas y que sin ningún control posible, ni freno siquiera, eran montados por nosotros y cuesta abajo éramos arrojados pro el grupo de “amigos” que esperaba su turno para utilizarlos. No sé que era peor, si chocar con el muro que al final del viaje nos esperaba para frenar el viaje o subir con el cajón desarmado y los moretones  a flor de piel.

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La escuela América

Esa tarde no estaba ninguno de mis amigos. Yo no tenía la suerte de Eduardo, mi hermano, quien tenía un grupo de amigos con los cuales organizar algunas excursiones al cerro o simular naves espaciales en la casa. Mis dos amigos se llevaban mal entre sí, así es que a veces tenía que ir a la case del Yaco, el diminutivo de Jacob Israel (un amigo bíblico que poseía por entonces) o ir a la casa de mi otro amigo, Misael, de quien no tenía diminutivo, al negarme rotundamente de tratarlo de “Misa”, pues en aquel tiempo eso de terminar en “a” era muy femenino.

Ese día no pude salir con ninguno, así es que estaba mirando como se formaban remolinos en la calle, con un duro sol en la cara, cuando llegaron ellos.

Eran dos chicos bien humildes que venían de Calama.  Andaban recorriendo Chuqui pidiendo algo de comer para su familia que según ellos tenía muy mala situación.  Yo les ofrecí un pan y un tecito y me puse a conversar con ellos. La historia era simple, ellos debían salir a recolectar alimentos y llevarlos a su hogar, por eso no iban a la escuela. Sin embargo, a pesar de ello , sabían mucho más que yo de Chuquicamata. Se lo conocían como la palma de la mano.  Claro que aquel día estaban algo cansados pues les había ido muy mal y pensaban irse  al “campamento Americano”. Esa era una de las poblaciones de los supervisores, en espera de un mejor pasar.

Para que me entiendas bien, debo señalarte que muchas de las cosas o situaciones con las que crecí y que para mí, en aquel entonces,  eran naturales, eran lógicas, en realidad  no lo eran. Por una parte no es normal que cada día salgan los militares y recorran tu ciudad con los fusiles apuntándote. No es normal que te vigilen para “cuidarte”.

 

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El chilex Club, gracias al Fotolog Chuquicamatix

Por otra parte tampoco es natural que las poblaciones se dividan unas de otras según la clase social que posees. En Chuquicamata existían tres niveles de sueldos o estatus de trabajadores: los supervisores, los empelados y los obreros. Todos ellos tenían muy buen pasar, al menos por el nivel de ingresos, sin embargo unos ganaban más que otros. Es así como existían supermercados para cada una de esas tres clases, poblaciones diferenciadas para cada una de ellas, clubes sociales distintos, escuelas diferenciadas, restaurantes diversos y muchas otras cosas que hacían de mi pueblo un monumento ala segregación social. Todo estaba dividido para respetar y mantener las diferencias entre los roles A, B  y C.

Por ello, cuando estos extraños me dijeron que irían a una población de la clase A, “el campamento americano”, mi curiosidad despertó. Yo tenía prohibido ir para allá. Era la ocasión perfecta de conocerlo. Fue así que les ofrecí mi ayuda.

“Tai muy pituco”, me dijeron, “así nadien nos va a dar naíta”. Tuve que buscar mi peor ropa, ensuciarla un poco, llenar unas botellas con agua y buscar una de las bolsas que tenía mi mamá para ir a la feria.

La verdad es que por un momento lo pasé muy bien. Recorrí calles que no conocía, pues no eran parte de mi mundo habitual. Eran poblaciones de los supervisores y gerentes. No se escatimaba el usar la valiosa agua en grandes jardines con pasto, en edificar casas enormes con grandes mascotas y autos modernísimos en las puertas.

Las personas no eran muy diferentes al resto, es más me parecieron muy amables dado el volumen que iba alcanzando mi bolsa. Lo que yo no sabía era que mi papá era muy conocido en el pueblo. Él tenía un programa en la radio El Loa y como era técnico electricista realizaba muchas mantenciones a los equipos de la radio. Por lo que cuando me “ayudaban” en realidad lo hacían porque creían que era mi padre quien necesitaba la ayuda. Ya casi oscurecía y yo le entregaba mi bolsa llena a mis nuevos amigos, cuando escuché mi nombre fuerte y claro. Era mi madre que me llamaba enojada y avergonzada por lo que le había comentado una señora de un supervisor. De una oreja me agarró y me llevó a casa.

No era para nada lógico. Yo no entendía tanta ira, porque de todos modos esas personas habían sido muy generosas y no tenían nada de distinto a nosotros. Esa noche me acosté temprano castigado. Yo creía que era injusto pues había sido bueno con unos niñitos que necesitaban de mi ayuda. Sin embargo aún me faltaba por aprender que a pesar de que todos somos iguales , siempre habrá algunos que se las arreglaran para ser más iguales que otros.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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