El copihue rojo

(cuenta regresiva 5… soundtrack: El copihue rojo, por favor antes de leer este artículo dale inicio a la canción)

Yo te conté , Cristi, que fui amigo de una machi. Eso ocurrió cuando yo salía de cuarto medio y como muchas de las cosas que he hecho, fue producto de una invitación que acepté sin pensar mucho.

El primer verano que pasé al salir de cuarto medio fue distinto. Yo recién salía del colegio y la verdad es que no tenía idea que quería estudiar. Había dado la PAA y sentía que me había ido relativamente bien. Así es que estaba tranquilo y para descansar me había ido a Calama a pasar el verano con mi Mamá. Como bien sabes desde los 14 años que yo vivía solo en Santiago y los veranos (hasta ese que fue el último) lo pasaba con ella en el norte.

Una tarde calurosa me llama Lorenzo. Lorenzo Maire era el párroco de la iglesia a la que yo asistía.

La capilla

Esa es la capilla de la que te habló y ella una niña a quien le hice Catequesis.

Yo por muchos años participé de una bonita capilla en la Villa O´Higgins, ahí comencé a participar primero como ACN, yo era el “tío” que le enseñaba primera comunión a  los niños. Luego esos niños fueron creciendo y formé con ellos un grupo prejuvenil. Luego les acompañé como guía de confirmación y finalmente terminamos creando un grupo juvenil. Al principio iba solo por las mañanas, hacia el final mis fines de semana enteros los dedicaba a la capilla.

Fue en ese contexto que conocía  Lorenzo, el padre Lorenzo, uno de esos sacerdotes obreros que venían de Francia a predicar el evangelio trabajando con los más pobres. Lorenzo vino a Chile con André Jarlán, a quien conocí solo de vista y a Pierre Dubois. Los tres sacerdotes fueron grandes defensores de los pobladores y obreros de las poblaciones durante la dictadura. La vida de ellos fue un gran testimonio para los jóvenes que les conocimos y es una de las grandes razones por las que sigo creyendo, a pesar de mi iglesia.

 

Lorenzo en bicicleta

Ese es Lorenzo en la bicicleta con la que recorría toda la población.

Pues bien, Lorenzo me llama un día de verano y me dice: “¿Quiegues venig a Temuco a misionag?”. La verda es que yo me aburria mucho en Calama, por atnto era la oportunidad de conocer el sur y además escapar del norte que me lateaba. Por lo tanto acepté la invitación y a los tres días estaba en la casa de Lorenzo con una mochila armada a medias y un montón de extraños que me miraban con no poco recelo y antipatía.

 

Lo que ocurría era que ellos formaban parte del grupo misionero de la parroquia y habían estado como cuatro meses planificando el viaje, haciendo colectas y estudiando teología para poder predicar adecuadamente. Yo aparecía como un verdadero  intruso que sin ningún mérito llegaba sólo a la hora del viaje y sin mucha preparación. ¡Ni siquiera alimento se me había ocurrido llevar!

Éramos 14 personas que nos subíamos a un bus escolar, de esos amarillos grandes, y que sin mucha experiencia nos encaminábamos hacia el sur. El viaje fue eterno. Pinchamos casi al salir de Santiago, luego pasado Rancagua nos quedamos en panne, después al ingresar a la Región de la Araucanía nos perdimos, al final de un viaje que debió haber durado 8 horas como máximo lo hicimos en unas 18 horas.

Recuerdo que llegamos a Galvarino, un pueblo que quedaba hacia el norte de Temuco y conocimos al párroco del lugar. Él nos indicó que debíamos ir a Quinahue, una comunidad mapuche que hace tiempo tenía una capilla pero que ya no congregaba a sus feligreses. La misión era simplemente traerá la comunidad a la iglesia.

Obviamente los primeros días nos fue pésimo. Como buenos winkas, pensamos que debíamos predicar la verdad a los mapuches. Eso solo nos cerraba las puertas de sus hogares y nos alejaba más y más de ellos. Ante el fracaso solo nos propusimos ponernos al servicio de ellos. Fue así que ofrecimos nuestras manos para ayudar en las labores que ellos tenían.  Cortar leña, ayudara  cosechar trigo, ordeñar vacas, ayudar a  construir rucas, ira pescar y todo cuanto a ellos se les ocurriese. Al ponernos al servicio de ellos, sus corazones se abrieron, luego sus casas y poco apoco fuimos evangelizados por ellos.

la fiesta de Quinahue

Una de las últimas misas hechas en Quinahue, cuando ya éramos parte de la comunidad.

 

Como puedes ver en la foto que da inicio a esta recuerdo al final nos transformamos en un lugar de encuentro y de fiesta para la comunidad. Todo ocurrió cuando dejamos que ellos nos empaparan con sus costumbres y sus ritos. Desde el momento en que la Marcelina , su machi, fue respetada por nosotros y presidía la misa en conjunto con Lorenzo, fuimos ungidos como miembros más de su comunidad.

 

Yo no sé si algo pude enseñarles a los mapuches, lo que sí sé es que esos largos 6 años visitándoles, en cada verano y luego viajando hasta los inviernos, yo aprendí mucho. Conocí su orgullo, aprendí de su cercanía con la naturaleza, oré con ellos y baile sus rogativas, me convertí en un peñi más y desde esos años les tengo un respeto y admiración tremendos.

Podría contarte muchas cosas, incluso algunos momentos mágicos que viví con ellos, sin embargo hoy me viene ala mente un recuerdo muy especial:

Fue el primer año, ya la gente llegaba a compartir la cena con nosotros o nos invitaba a sus casas. Fue en la casa de Paulino en que la magia se encendió.  Estábamos en su ruca, todos junto al fuego, sentados en círculo, compartiendo el mate y comiendo queso fresco. Todos estábamos cansados pues ese día nos había tocado ayudar en la cosecha de su casa. Todo el día trabajamos al sol cortando sus campos de trigo y ordenando los fardos para la trilla que vendría al día siguiente. Paulino era uno de los más ancianos de la comunidad y estaba muy agradecido.

“Al principio, Peñi, yo no les quería en mi tierra porque pensé que ustede eran como todos los winka. Peor ahora sé que son gente buena. Me ayuaron acá y yo me siento muy agradecido. No todos han sido buenos con nosotro. Los mapuche hemos sufrido mucho…”

Y así don paulino nos contó  mil y una historias de abusos y desencuentros entre ellos y los chilenos. Nos contó cómo les hemos ido quitando sus tierras y luego cómo hemos ido abusando de su trabajo. Y como si fuera poco, cómo les miramos mal y los menospreciamos por querer mantener sus tradiciones. Paulino, con mucha emoción y los ojos vidriosos, nos contó de su propia historia y lo único que pudimos hacer fue sentir vergüenza por ser chilenos.

“Por eso peñi, lamuen, yo quiero cantarles hoy día una canción que aprnedií de chiquito y que refleja lo que siento. Quiero que la recuerden y que cada vez que vean a un mapuche le respeten como me respetan ahora a mi en mi ruca.”

Y fue así como en medio de esa escena con el sonido de los leños resquebrajándose por el  fuego, escuchamos el viejo poema del Copihue Rojo, el cual sonaba en su voz triste y orgullosa:

 

Soy una chispa de fuego

que del bosque en los abrojos

abro mis pétalos rojos

en el nocturno sosiego.

 

Soy la flor que me despliego

junto a las rucas indianas;

la que, al surgir las mañanas,

en mis noches soñolientas

 

guardo en mis hojas sangrientas

las lágrimas araucanas.

 

Nací una tarde serena

de un rayo de sol ardiente

que amó la sombra doliente

de la montaña chilena.

 

Yo ensangrenté la cadena

que el indio despedazó,

la que de llanto cubrió

la nieve cordillerana;

 

yo soy la sangre araucana

que de dolor floreció.

 

Hoy el fuego y la ambición

arrasan rucas y ranchos;

cuelga la flor de sus ganchos

como flor de maldición.

 

Y voy con honda aflicción

a sepultar mi pesar

en la selva secular,

donde mis pumas rugieran,

donde mis indios me esperan

para ayudarme a llorar.

 

Cuando terminó las lágrimas corrían por las mejillas de todos nosotros y desde ese momento no he dejado de respetar y admirar a la gran nación mapuche y me gustaría, hija mía,  que tú también aprendieses a quererles y respetarles.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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