Ruby o la vocación docente

Ruby:

Habrá sido hace unos veinte años, que un joven deambulaba por los viejos y místicos pasillos del Campus Oriente, desesperanzado y nostálgico. Era un chico, de condición humilde, desorientado, que había entrado a estudiar filosofía con la esperanza de encontrar la verdad. Al poco tiempo de cursar algunos ramos de esa carrera, le habían destrozados sus únicas y poquísimas verdades, su fe había sido humillada y todo lo que consideraba cierto e indudable había sido transformado por otras ideas. A la distancia puedo decir que el ejercicio que vivió fue bueno, le exigió volver a articularse, a crear sus propias ideas y con ello descubrir su propia potencialidad. Sin embargo en ese momento, él no sabía qué hacer.

Llegaba el momento de tomar una decisión: o seguía enfrascándose en turbias conversaciones filosóficas para concluir su licenciatura, o apartaba el rumbo y volvía sus pasos al periodismo; o, algo que jamás había considerado, se metía a finalizar sus días en viejas aulas enseñando, con tiza en las manos,  una asignatura que ni él mismo comprendía bien, la filosofía. Como estaba inseguro este joven decidió entrar a tres clases distintas. Teoría de la información con periodistas, el seminario de Nietszche con los filósofos y algún ramo al azar de pedagogía.

El curso con los periodistas había resultado entretenido, pero no más que eso. La teoría d ela información aparecía como algo dificilísimo de entender para los futuros reporteros, pero para él , luego de un curso de fenomenología con Raúl Velozo nada parecía imposible. El curso de filosofía no había dado una mejor impresión, una habitación pequeña en estado neblinezco gracias a la pipa del Profesor Oyarzún. Así es que nuestro joven inseguro e inquieto se dirigía a una clase de Curriculum Educacional.

La sala era más grande de lo que él estaba habituado, la filosofía nunca había sido una cosa muy popular y los cursos no iban más allá de las quince personas, lo cual era una audiencia inusitada. Pero acá la situación era distinta, en un salón iban entrando personas de diversas tendencias, el grupo de muchachas alegres y bulliciosas con unos bolsos enormes repletos de cartulinas, xilófonos y pegatinas de diverso color. Los tipos serios, vestidos casi formalmente, con lentes en la mayoría de sus casos y a una distancia prudente de las ruidosas eran los que habían estudiado ciencias y mostraban en su rostro el desagrado que ocasionaba salir del laboratorio a conversar estos temas “humanos”. Algunas otras personas venían con un rostro cansino, con las manos repletas de libros, algunos con bufanda y tonos pastel en sus prendas, eran literatos e historiadores que se sumaban a esta mezcla extraña de personajes. No faltaba el matemático introvertido sentado en algún rincón y apegado  a unos extrañísimos símbolos que le mantenían ocupado todo el tiempo. Mi simpatía la llevaban los artistas, ante los cuales no podría describirlos, pues cada uno de ellos era un caso único y especial, unidos sí por el afán de mirar y apreciar todo aquello que para el resto pareciera inútil.

Es así como en esta selva extraña de personalidades y disciplinas, se acercó una profesora, que con su sola presencia generó silencio. Una mujer de mediana edad, de rostro severo, con voz imponente pero repleta de una sinceridad abismante. Se sentó frente a nosotros y comenzó una clases con dos preguntas que desarmaron a ese pequeño joven: “¿Así que ustedes quieren ser profesores?, ¿están seguros?”.

Poco a poco la profesora fue desentrañando las dificultades que traía esta profesión. Con los años pude descubrir que no mintió en ninguna: “Ustedes vivirán bajo el menosprecio de quienes recibieron su ayuda, pues en este país no se valora  al maestro, se le considera indigno, se le relega a un segundo plano, pues este país no se da cuenta de la importancia de la educación. Ustedes serán maltratados por sus jefes, pues se les considerará funcionarios, meros técnicos que aplican un programa o que deben ser niñeros para los hijos de los poderosos. Ustedes no ganarán nunca lo que merecen, pues los sueldos docentes son escandalosamente inferiores al valor de la tarea que ejecutan y a nadie parece importarle esta injusticia. Y ustedes deberán soportar muchas veces la incomprensión de alumnos que no valorará su trabajo o de familias que les ignorarán en sus propuestas, pues aún se cree que la educación es responsabilidad solo de los profesores”.

                El pobre joven, confundido en su elección profesional, no entendía el sentido de esto. En su mente, los diversos compañeros desagradados con lo dicho se iban levantando y abandonando la sala de clases. No era una invitación grata ni plena, era más bien una ofensa, una abofetada a un deseo pueril de éxito o de elección presurosa de carrera. ¿Qué pretendía esta mujer hablando así a sus alumnos? Pero por sobretodo, ¿por qué este joven aún no se marchaba?

                La realidad era así (lamentablemente continúa siendo así) y la argumentación de la profesora era también sólida. Pero inconclusa. Y ese joven se movía siempre por la curiosidad. Algo nacería de todo ese discurso.

Y eso ocurrió casi después de una hora de todo un discurso pesimista de la profesión docente. La docente se detuvo, les miró a los ojos y dijo: “Pero…”.

En la mente de ese joven, jamás una conjunción había sonado tan bien, tan enaltecedora, tan llena de respuestas, tan esperanzadora. El giro que tomó el discurso de la docente por primera vez se mostró como una solución a todo lo que buscaba. No era una solución fácil, ni segura, era por sobretodo heroica. Y tal acto de audacia convencía plenamente a aquel tímido jovencito. Por primera vez se sentía llamado a una tarea grande, noble, pero sobretodo una tarea que le sacaba del individualismo de su búsqueda. Ese día para ese joven se abrieron las paredes del cielo, un angelito bajo y as trompetas celestiales anunciaron su verdad: “serás profesor”.

Ese joven, luego de 20 años sigue siendo profesor, y tiene muchas ganas de convertirse en un educador, ahora se dedica a hacer clases a otros jóvenes iguales o peores de confusos con su vocación que él, pero al menos se sabe la respuesta, sabe que su elección le ha hecho feliz. Esa profesora, es usted Ruby, le enseñó a un joven a ganar seguridad, a arriesgarse a grandes desafíos a imponerse una tarea titánica, pero pro sobretodo le dio las primeras herramientas para mantener sus sueños vigentes. Usted fue una gran educadora y por lo que he seguido averiguando a la distancia aún lo es. Me gustaría compartir experiencias, contarle cómo me fue, preguntarle cómo seguir siendo fiel al desafío, pero hoy solo quiero agradecer. Agradecer por ayudarme a descubrir mi vocación. Agradecer por lo que soy.

Muchas Gracias Ruby, por enseñarme que la tarea del educador es muy difícil y amarga, “pero es la oportunidad de realizar el mayor desafío posible, ayudara a otro a descubrir su propia vocación”.

Esa tarde, cuando era joven descubrí que mi vocación era ayudar a que otros pudiesen descubrir la suya propia. Era paradójico, yo que buscaba una respuesta, la encontraba donándola. Y eso, ese desafío, me llenó de esperanza y de compromiso por el resto de mis días.

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