El once

Hace 40 años se provocó una de las crisis más grandes de nuestra historia republicana. No necesariamente la más grave, vivimos un país que ha tenido más de un golpe de estado, una guerra civil y más de un cambio en sus formas constitucionales, por lo que sostener que este golpe de estado ha sido el más grave, es una perspectiva que solo la historia se encargará de decidir.

Sin duda alguna, el golpe de estado y su posterior dictadura, es el acontecimiento político que ha condicionado nuestras formas actuales de desempeño. El país se fracturó desde entonces. Desde allí la discusión se centró entre aquellos que eran de derecha, que valoraban los logros económicos y el cambio de paradigma económico instaurado por el dictador; y por otra parte aquellos que se llamaban de izquierda, quienes sufrieron graves ultrajes a sus derechos y que luego lograron recuperar e instaurar una democracia “en la medida de lo posible”.

40 años han pasado y el país no ha sido capaz de superar este trauma. Las heridas son graves, según el informe Rettig fueron más de 34.000 personas torturadas y más de 3.197 desaparecidos por agentes del estado :

Según cifras entregadas por el gobierno militar y registradas por la Vicaría de la Solidaridad, entre 1973 y 1975 hubo 42.486 detenciones políticas a lo que se suma, según datos de la Vicaría, 12.134 detenciones individuales y 26.431 detenciones masivas en el período 1976 – 1988, así como 4.134 situaciones de amendrentamiento entre 1977 y 1988 con 1.008 detenidos desaparecidos y 2.100 muertos por causas políticas”. (Persona, Estado, Poder. Vol. II, Chile 1990 – 1995. CODEPU)

¿Cómo es posible desarrollar un país reconciliado y restaurar una paz interna si no ha existido justicia? Y dado como se han desarrollado los distintos juicios sobre casos emblemáticos de faltas a los derechos humanos, cabe preguntarse con más urgencia aún, ¿cómo podremos convivir si al parecer jamás se logrará la justicia esperada?
Sin embargo, una de las mayores victorias que obtuvo la dictadura y que sus opositores no fueron capaces de advertir, fue el gran cambio en el paradigma de nuestra identidad nacional. La dictadura fue capaz de asentar en el colectivo nacional: el modelo de libre mercado. A partir de tal modelo los chilenos dejaron de ser consideraros como ciudadanos, para convertirse en consumidores; un modelo que dejó de considerar un proyecto nacional colectivo de desarrollo para establecer la competencia y la búsqueda del éxito individual como anhelos personales; un modelo que estableció las bases para el abuso de las grandes corporaciones en desmedro de cada ciudadano, un modelo que incentiva como único principio de acción la economía y que por lo mismo aniquila posibilidades de equidad a cada ciudadano.

La concertación fue cómplice de este asesinato de la equidad ciudadana, sólo se limitó a administrar las bases de este capitalismo a ultranza sin advertir que con esto se acometía otro gran crimen hacia los derechos humanos de las personas. Cuando en un país los ciudadanos quedan al arbitrio de las grandes corporaciones económicas y se olvidan por tanto los derechos personales, se elimina toda posibilidad de ser considerado como un igual y por tanto se generan las bases de la desconfianza hacia la política.

El principio básico de la convivencia social se sustenta en el establecimiento de la justicia, como conditio sine qua non de la igualdad de los ciudadanos y por tanto de toda posible relación y diálogo entre ellos.

Hannah Arendt establece que la democracia es una condición relacional entre los ciudadanos que se sustenta en la capacidad de igualdad ante la ley (isonomía) y la igualdad de palabra (isegoría). Cada ciudadano de una real democracia ha de sentirse igual a otro, de tal forma que ante cada dificultad pueda tener el respaldo otorgado por los otros que será considerado como un igual y que tendrá el mismo derecho a expresarse. En democracia somos iguales y cada uno ha de sentirse con el derecho de expresar su opinión. Cada uno tiene el derecho a ser escuchado a sentirse valorado, a sentirse parte de una orgánica superior que lo respalda y lo respeta.
Vivimos en un país que ha perdido su vocación democrática. Los altos índices de desigualdad social, la inequidad de los ingresos, la abismal segregación social que se advierten entre las comunidades y establecimientos educacionales, y por último la indefensión que vive cada ciudadano ante los abusos que sufren en educación, salud y respeto a sus derechos básicos son muestras de un quiebre mucho más profundo y más grave que la simple fractura entre derecha e izquierda.
Por todo ello preocupa y angustia la incapacidad de la clase política de advertir estas condiciones y desligarse de las preocupaciones ciudadanas, que en el último tiempo han manifestado su descontento con estas condiciones. Ellos han trivializado la discusión sobre nuestra condición a simples plegarias sobre perdón. Unos han pedido perdón y dejan en el aire la idea que es una culpabilidad compartida otros han generado al idea de que no deben pedir perdón puesto que su orgullo les impiden ver la grave crisis en que se mueven millones de compatriotas para quienes no ha existido consideración alguna.
El once de septiembre constituye una crisis mucho más profunda de lo que parece a primera vista. Marcó el inicio de la pérdida de nuestra condición de ciudadanos, la pérdida de nuestra equidad, y ha seguido acentuándose. Hemos de enfrentar esta fecha con un profundo afán de reflexión. Una reflexión ciudadana por parte de cada uno. Por mi parte creo que debemos volver a establecer un nuevo trato, generar las bases de una nueva ciudadanía.
Sin embargo, lo que efectivamente marcará nuestra historia se definirá en un diálogo nacional, con nuestras diferencias incluidas, en donde podamos definir el tipo de país que queremos ser. Si logramos construir un futuro de justicia y de equidad dependerá que cuán capaces seamos de reconstruir nuestra perdida vocación de real democracia.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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