Todo problema tiene solución

Soundtrack: Aprendizaje de Sui Generis, debes tocarlo para leer esto.

Toda la culpa fue de la Perla Moraga. Fue un día complejo, lo recuerdo muy bien. Todos sentíamos por ella un respeto gigante. No sólo era la profesora de matemáticas más exigente sino que además era muy estricta respecto del orden y la disciplina. Leyendas se contaban de algunos compañeros de cursos superiores que habían intentado faltarle el respeto y de los cuales no se supo nada más. El mito era que hasta el recto le tenía miedo y que por lo mismo nadie le decía nada cuando ponía un 1,0 a todo un curso o cuando dejaba en castigo a todo un nivel.

Ante tal currículo, al joven timorato que yo era, lo único que le bastaba era pasar desapercibido ante su mirada.   Era una verdadera tortura que ella se fijara en alguien, pues tenía que salir a la pizarra y resolver el ejercicio, pero lo peor era que exigía además que uno explicase cómo había resuelto tal situación. Así mientras todos realizábamos en silencio y en nuestros bancos los 1500 ejercicios dados, uno y otro de aquellos humildes alumnos “elegidos”, de aquellas pobres almas torturadas, pasaba a la pizarra y tenía que responder el inquisitorio cuestionamiento de Miss Perla.

Yo había logrado eludir su mirada durante un mes, pero debo declarar que no fue por mucho esfuerzo mío. Te recuerdo que ese año yo recién había llegado a  vivir a Santiago y me costó todo un mes aprender a tomar la “micro” el colegio. Fue un bello mes en que terminé recorriendo por Providencia, Maipú, Pudahuel, Recoleta en vez de llegar al centro de Santiago, puesto que nadie me había indicado que cada micro no solo tenía un numero sino también una letra que al identificaba. En el colegio sabían de mi pobre historia y por algún misterio el inspector entendía que este pobre “nortino”  se integrara a clases alrededor de las 11 de la mañana luego de haber hecho un involuntario recorrido en micro. Pasado el mes, por fin pude empezara  asistir a las clases de los primeros bloques que eran con miss Perla, por lo cual, al parecer empecé a aparecer en su radar.

Un día llegó lo más inesperado: “Señor Díaz, ha llegado la hora de la verdad, a la pizarra por favor”.

Yo llevaba recién dos meses viviendo en Santiago, sufría las burlas del Cortés y su pandilla, me habían golpeado ya dos veces en protestas, me había perdido casi 7 veces yendo al colegio; y a pesar de todo había logrado evitar esta tremenda tortura.

Al llamarme adelante, recuerdo que el silencio fue tremendo. La sala mágicamente se hizo más larga, mi tamaño decreció y el murmullo fue evidente: “Estás muerto, minero”.

No recuerdo bien el ejercicio. Lo que sí sé fue que hice mi mayor esfuerzo. No me fue bien, no supe resolver la ecuación que estaba escrita. Se me enredaron los signos, la simplificación fue confusa y al final el resultado no significaba en nada lo que se pedía. Reconocí mi error, hice las abluciones respectivas, imploré el perdón y recibí la explicación de la profesora, quien se mantuvo firme y con preguntas y respuestas me ayudó a resolver el ejercicio como correspondía. Una vez terminado el parto, agradecí y me di vuelta para volver a mi ansiado anonimato. Sin embargo ahí todo cambió.

“¿A dónde cree que va, señorrr Díaz? Quizás usted no se dé cuenta, pero yo creo que usted tiene talento para esto”.

La verdad es que con tanto sudor en mis manos y con el nerviosismo ante mi posible desaparición del colegio, no me di cuenta que algunas cosas sí había hecho bien. Bueno ahora más viejo me doy cuenta que así era. Sin embargo en ese momento lo único que yo quería era salir corriendo de ahí. Pero eso no cabía en los planes de Miss Perla: “Usted se queda en ese lado de la pizarra y me resuelve el siguiente, señor Martínez no crea que está a salvo, la pizarra es lo bastante grande para dos personas, adelante”.

Tienes que entender que eso fue un gran cambio en mi vida, por fin alguien se dio cuenta que yo existía y que algo bueno había en mí. Te debo recordar que aquellos días fueron terribles y aún hoy día no recuerdo mucho de ellos. No llevaba ni 6 meses desde la muerte de mi padre, mi partida obligada de Chuqui, la separación de mis amigos, de mi entorno y la tremenda tristeza que implicaba a toda mi familia el asumir la partida de mi padre. Mi único anhelo era dormir. Me levantaba cada día al colegio, eludía como podía las bromas pesadas, soportaba el maltrato de los micreros y volvía a mi casa solo a  dormir y dormir. Hoy sé que estaba deprimido y sé también que quien me ayudó  a salir fue esa estricta profesora que valoró algo en mi y me puso de nuevo en mi vida.

Aquel día no pude volver a mi pupitre, tampoco a la siguiente clase, ni a la siguiente, ni a la que vino después. Después de un mes yo solo esperaba la clase de matemáticas en la pizarra. Hasta que en un momento empecé  descubrir que habían pequeños trucos ocultos en las ecuaciones que permitían resolverlas del modo más fácil y sencillo. Era en esos momentos en que miraba de reojo  a mi profesora y captaba su sonrisa de satisfacción. Al final no solo era un placer el descubrir cuánto podría hacer en matemáticas, sino además descubrir que cada problema era un desafío de ingenio que podía acometerse y desarrollarse con gran éxito. De nada importaban las notas, sino lo importante era poder lograr resolver cada problema de la manera más sencilla posible, pues a la larga “todo problema posee una solución, sino no es un problema”.

Después de eso empecé a sentarme con Nahmias y Patiño y descubrí que ellos compartían ese placer escondido por resolver problemas y al final realizábamos verdaderos torneos por descubrir quien resolvía del modo más sencillo y rápido posible. Eso mismo hizo que hacia el final del año yo no tuviese ninguna duda en irme al curso matemático.

Al terminar el año, había subido mi promedio en todas las asignaturas y debía ir a la última entrevista con miss Perla. Ella solía hacer una entrevista con todos sus alumnos y en ese momento confirmarle el promedio obtenido. Recuerdo muy bien que entré a su oficina, llena de pruebas y libros. Ella se alegró al verme y me hizo una pregunta muy sencilla: “Ricardo, ¿qué aprendiste en matemáticas?” Y yo le respondí con alegría: “Que todo problema puede tener una solución mucho más fácil de lo que uno cree”. Y fue así que conversamos, ella me hizo saber cómo había visto a  un niño temeroso, escondido y tratando de ocultarse y que me veía terminar el año contento y más animado Me dijo que sabía lo que yo había vivido, que entendía mi pena por lo de mi padre y me agradecía por permitirle ser parte de mi crecimiento. Finalmente me dio mi promedio: “Tienes un 7.0 anual”. “Pero profesora, ahora he sacado sietes, pero antes tenía puros rojos, mi promedio es 5,9”. “Así es, pero tú y yo sabemos que lo logrado vale un 7,0”.

Me fui muy contento y desde ese día, a veces cuando al pega se pone difícil o cuando sé que alguien tiene un problema, yo recuerdo a miss Perla y solo atino a  murmurar “Gracias”.

El vio en memoria de alguien que me dijo una verdad y de quien pude aprender…

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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One Response to Todo problema tiene solución

  1. Renato Figueroa J. says:

    Profe,

    Me encantó la historia, todo un aprendizaje.

    Saludos!

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