Papá nunca lo dijo

Mi papá era un hombre de trabajo, al menos siempre lo vi trabajando. Él era electricista y trabajaba en Chuquicamata como mantenedor de los equipos de telecomunicaciones de la mina, un área que servía a muchas otras áreas y que explicaba quizás porque conocía  tanta gente. También era locutor radial y los fines de semana hacía algunos programas o grababa cápsulas que luego se emitían por la antigua radio El Loa.

A papá siempre lo vi trabajar y siempre fue un tipo social, aún a pesar de eso no perdonaba las cenas y comidas en conjunto. La tele apagada y todos conversando. Disfrutábamos juntos los tallarines con salsa (gusto que ya heredó la Cristina, mi hija) y nos comentaba sus consejos para la vida. Nos incitaba  a no dejarnos estar, a ser siempre protagonistas, ello lo resumía con un lema muy particular que tenía: “Julian Díaz Jimenez, tierra que pisa polvo que levanta” (¡supiera el medio lío que he armado por culpa del polvo!).

Una de las facetas que más me llamaba la atención era su taller.  Había un cuarto en casa en donde él reparaba equipos viejos, televisores, radios y otras cosas parecidas. Entrar en ese taller cuando él no estaba me costó más de un coscorrón de su parte, pero aún así era entretenido, podía jugar con los radiotransmisores, tomar mediciones de amperes, grabar mis propios programas radiales y jugar a ser el eléctrico (ahí era cuando quedaba la crema y salía o con los dedos quemados por el “cautín” o reventaba más de algún equipo con el consiguiente golpe eléctrico que ello me conseguía).

Sea como sea, don Julián siempre estaba ocupado. De los tres hijos yo era el menos cercano a él. Mi hermano mayor salía con él a veces a ayudarle con su trabajo. Papá era daltónico así que necesitaba que uno le indicase los colores de los cables que estaba instalando y mi hermano era el elegido, “the one”, pues también lograba hacer injertos eléctricos sin los cortes que yo provocaba. Mi hermana menor era su regalona, la consentía en todo y yo era el malo que la maltrataba, más de un castigo me llegó por culpa de mi hermana, algunos merecidos, otros no tanto, era difícil mantenerse vivo ante la alianza de ambos hermanos.

Aún así yo era su hijo más lejano y más rebelde. Sin embargo ahora que soy padre poco a poco le entiendo más. Quizás hoy me doy cuanta que tanto trabajo no era por hobby, era por necesidad y que  él tenía que salir sin cansancio y con una sonrisa a hablar por la radio o a arreglar algunos equipos, para ganarse otras monedas más, con el fin que nada nos faltara. Porque nunca nos faltó nada. Quizás ahora me doy cuenta que no lo pasaba bien en la pega, que quizás había más de algún jefe que le hacía la vida a cuadritos y que él nunca nos lo decía. Quizás por eso cuando yo le echaba a perder los equipos perdía la paciencia y me retaba, porque yo no sabía que esos equipos él tenía que reponerlos.

Las cosas no son fáciles para un padre, para un padre de verdad, porque sabe que debe estar ahí y mostrar fuerza y dar lo mejor de sí para que sus hijos no sientan carencias. Hoy recién lo entiendo. Hace unos meses salí de mi casa a denunciar una situación de contaminación. Lo hice para proteger a mi familia, a mi hija. Me he enfrentado a una gigantesca empresa. Me han golpeado con fuerza muchos intereses ocultos, de personajes siniestros que por cuidar su pequeño “coto de caza” hacen lo impensable por ganarse la simpatía de otros. No la hemos pasado bien. Sin embargo hoy cuando miro a la distancia lo hecho y lo logrado (que ha sido muchísimo), recuerdo a mi padre y estoy seguro que él habría hecho lo mismo, sin decir nada.

Recuerdo una vez que me castigaron, no recuerdo la causa, sí recuerdo que lo encontré muy injusto. Le escribí una carta a papá en donde le decía lo que sentía, lo lejano que éramos y le pedía que pudiésemos estar mejor. Desde mi pieza recuerdo que papá la leyó, que discutió con mi mamá, lo oí sollozar. No tengo idea qué habrá pasado por la mente de mi papá, ni qué problemas tenía ya en el cuerpo que ahora le tocaba lidiar con este cabro insolente. Sólo sé que esa noche se abrió la puerta de mi cuarto, yo me hice el dormido y sentí como se acostó al lado mío y me hizo cariño en la cabeza.

No nos dijimos nada, sin embargo todo cambió desde esa noche. ¡Pero cómo me hubiese gustado que papá me lo hubiese dicho, me hubiese contado sus penas, sus sacrificios, sus temores! ¡Cómo me hubiese gustado haberle dicho que yo lo amaba en extremo, que siempre fue un modelo para mi! Pero no lo dijimos.

Desde esa noche me tocó acompañarlo más de una vez a reparar equipos y decirle los colores de los cables, fuimos al cine a ver películas de terror y viajamos como familia a Antofagasta, porque tenía unos exámenes que hacerse. Fue un tiempo bello. Nos duró poco, esos exámenes confirmaron que las molestias que siempre tenía eran un cáncer ya ramificado. A los meses luego de una enorme batalla, papá murió.

Me hubiese gustado haber tenido a mi padre en estos momentos, conversando sobre lo que hago, sobre este increíble “movimiento social”, sobre lo que me pasa, preguntándole si lo estoy haciendo bien con la Cristina o no. Yo creo que Julián podría haberme dicho muchas cosas. Sin embargo, cuando ya las fuerzas no dan o cuando los golpes son muy fuertes, cuando se duda de todo, a veces siento en mi cabeza una caricia que me dice “sigue adelante”.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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2 Responses to Papá nunca lo dijo

  1. Victorino says:

    Nunca te imaginé como hijo lejano: siempre pensé lo contrario. Y tus palabras, realmente emotivas y… revitalizantes.
    Un gran abrazo

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