Papá

Cuando era chico, Roberto Carlos cantaba la canción del millón de amigos. Todos comentaban que mi papá era ese tipo, el que tenía un millón de amigos. Yo crecí siendo el hijo de Julián Díaz Jiménez y por lo mismo a cada rato me hablaban de él. Julián era hermano de Heriberto (quien tiene otro millón de amigos), e hijo de Manuel Díaz y de Francisca Jiménez. A temprana edad le fascinó todo el mundo de la electrónica y de las comunicaciones. Por lo que no fue raro que terminara ejerciendo primero como profesor en el Liceo Industrial de Chuquicamata y posteriormente como controlador y locutor de radio en la gloriosa Radio El Loa.
Con papá nunca fuimos muy cercanos. Su favorito era Eduardo el hijo mayor, quien sí ingresaba a su taller y podía transmitir por la radio de onda corta que teníamos o podía curiosear en los vinilos que se agolpaban. Yo tenía vetada esa entrada, supongo que era por haberme quemado al mano con un cautín que estaba encendido o por haber hecho estallar una radiograbadora a pilas que casualmente conecté a la electricidad. Luego cuando nació mi hermana, cero posibilidad de acercarme más. Ella era los ojos de papá y pobre de aquel que el hiciera algo. Yo era el regalón de mamá.
Esa situación solo pudo resolverse años más tarde cuando yo ya bordeaba los 12. Llegué un día del colegio y me encontré a mi papá acostado en cama. Cosa rara. Las vendas alrededor de su pecho daban cuenta del feo accidente que había tenido. Papá trabajaba para Codelco en la unidad de telecomunicaciones y se había subido a reparar la antena de la radio El Loa. Algo falló y cayó desde gran altura. Ahí pudimos conversar. Y recuerdo haber terminado en su regazo viendo películas de acción. Incluso me gané una ida al cine solo con él a ver una antología de películas de terror.
Recuerdo ese último año con mucha alegría. Salíamos como familia al parque de Calama o a comer fuera los domingos, viajábamos. En uno de esos viajes, Papá se atendió en una clínica en Antofagasta, seguía teniendo molestias en el pecho producto de la caída y en el hospital de Chuquicamata solo le daban calmantes. El diagnóstico era fatal, tenía un cáncer al colón en fase 4. Los días siguientes solo fueron caóticos. Lo operaron en Chuquicamata y el pronóstico no era bueno. Fue trasladado a la clínica Indisa en Santiago de urgencia para hacerse quimioterapias. Al mes recién pudimos viajar los hermanos para acompañarle. Cada día, se gravaba más y más y a la semana fallecía rodeado por nosotros su familia. Estuvimos con él al partir y su última mirada aún la recuerdo con dolor, incluso cuando ya han pasado más de 35 años.
Lamentablemente en el norte esta historia es algo que se repite más de lo habitual. El cáncer es la principal causa de muerte en nuestra región y el impacto es catastrófico para quienes los padecemos. En mi caso significó dejar de vivir en mi pueblo natal y tener que trasladarme a Santiago. Pero en muchas familias no solo es la partida del ser querido, sino que además asumir los costos altísimos que se provocan por esta enfermedad. El cáncer es catastrófico. Pero no hacer nada para prevenirlo es irresponsable. Hoy en día tengo la oportunidad de hacer mucho y prometo que lo haré. No solo porque es necesario sino también por Julián y por todos aquellos papas y mamás que han partido desde esta región.

About rdiaz

Profesor de Filosofia, especialista en educación y por ahora trabajando en andradgogía.
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