Areté, para mi amiga Andrea

Hace un tiempo escribí esto a apropósito de la película TROYA. Era un intento de usar mi envidia por Brad Pitt en forma más positiva y aprovecharme de reflexionar sobre la ARETÉ. Ojalá sirva para quien quiera pensar que que podemos ser mejores….

¡Brad Pitt es mal actor!

Al fin lo puedo decir. No oculto que en parte mi motivación, para decir esta frase, no es más que envidia frente a alguien que se aparece como el objeto de deseo de muchas mujeres. Pero la gracia es que hoy tengo argumentos para poder realizar esta aseveración.

Una vez un actor me dijo que para interpretar a un personaje, es necesario conocer sus motivaciones internas, es necesario comprender lo que piensa, siente o vive, solo así se le puede interpretar adecuadamente. El trabajo de la actuación requiere de un autoconvencimiento de quien se sabe capaz de internar actitudes e ideas ajenas.

Brad Pitt tenía por finalidad interpretar a Aquiles, el más bravo y valiente guerrero que ha existido, aquel que en el poema homérico representa la más alta virtud (=areté). Lamentablemente su actuación no permite apreciar al ideal del hombre virtuoso, antes bien nos muestra a un héroe caricaturesco, obsesionado con la fama, más que el honor. Ni siquiera la película hace honor al espíritu griego, sólo fue el despliegue de demasiados efectos holliwoodenses que no logran rescatar lo propio del espíritu griego.

Una obra que podía haberse convertido en la ocasión de aprender de la sabiduría de los griegos se transformó en un despliegue de efectos que no permiten apreciar lo mejor de esta civilización. No en vano la Ilíada representa una de las obras cumbres de la literatura griega y la expresión de su cultura.

 Quizás sería bueno apreciar lo que nos hemos perdido gracias a la mala interpretación de este actor.

 

La Ilíada.

Cuado el texto la Ilíada empieza, la situación de los aqueos -los que están invadiendo la ciudad de Troya- es desalentadora. No sólo tienen ante sí a un enemigo formidable, mejor preparado y con mayores recursos; sino que además  han comenzado a sufrir una peste que sin aviso alguno ha comenzado a diezmar las pocas fuerzas que quedan. Al poco tiempo, descubren que Apolo los ha maldecido porque Agamenón ha raptado y reclamado como parte de su botín de guerra a  la bella Crispida, hija del sacerdote de Troya. Habiéndose negado a aceptar tributos o recompensa por liberar a Crispida Agamenón ha insultado al dios de la Luz, quien ha decretado que no quitará su peste a menos que le devuelvan intacta la hija a su padre.

Éste sí que es AquilesAl enterarse de esta situación, Aquiles junto a otros nobles se dirige ante Agamenón para disuadirlo de devolver  a Criseida. El viejo rey, terco, rechaza la imposición y solo está dispuesto a devolverla si le entregan a él el botín de Aquiles.

Durante toda la obra apreciamos la disputa entre estas dos personalidades. Aquiles es el guerrero más bravo, valiente y osado. Gracias a su espada se han ganado múltiples batallas. Él encarna lo mejor que puede ofrecer el espíritu griego: honor, lealtad, valentía. Mientras tanto Agamenon aparece como un viejo rey, cómodo y mezquino que ha sido capaz de llevar a todos sus amigos y siervos a una guerra para restaurar un supuesto deshonor. Agamenón es un hombre cómodo, arrogante que se arroja a si mismo triunfos y éxitos que no le pertenecen.

Por esto, cuando el viejo rey, motivado por la envidia, osa ponerse al mismo nivel que Aquiles, genera en este una justa ira.

Aquiles se enfrenta al necio rey, él es el mayor héroe con que cuentan los aqueos, y sabe que es el mejor, por tanto se merece un botín mejor. Pero eso no ocurre, le dan al rey perezoso lo mismo que a él. ¡Qué falta  a su honor, a su orgullo! Por ello es que más tarde reclamará ante sus amigos uno de los más bellos textos que podamos encontrar acerca de la soberbia:

“Igual lote consiguen el inactivo y el que batalla con denuedo.

La misma honra obtienen tanto el cobarde como el valeroso.

Igual muere el holgazán que el autor de numerosas hazañas.

Ninguna ventaja me reporta haber padecido dolores en el ánimo”.

¿Cómo es posible que Agamenon ose ponerse al mismo nivel que él?, pero peor aún, ¿cómo osan sus camaradas a no reconocer su valía y otorgarle lo que se merece?

Así es que Aquiles abandona la batalla, el más glorioso guerrero decide no combatir por los Aqueos y con su partida la victoria se inclina a favor de los Troyanos.

¡Soberbio!

Por lo general en este mundo mediocre que vivimos solemos tener en muy poca estima la soberbia. Para muchos se manifiesta como un pecado y no necesariamente como un valor o virtud

La explicación es sencilla, cuando todos somos mediocres, pusilánimes y poco osados, nos molesta apreciar que hay uno que pretende salir de esa condición. Bueno en general suele ocurrir que hay algunos arrogantes que sin tener méritos se quieren plantear ante los demás como seres perfectos. A esos se les debe de bajar los humos de inmediato y dejarles en ridículo por su estupidez. Sin embargo, ocurre a veces que tenemos frente a nosotros a alguien que efectivamente sobresale por sus méritos. ¿Somos capaces de reconocerlo en su valía sin caer en una descalificación envidiosa?

La envidia no es querer el bien ajeno, la envidia es no querer reconocerlo y sobretodo no gozarse del bien ajeno, sino tratar de perjudicarlo o alterarlo para que el otro tampoco lo pueda disfrutar.

A veces siento una gran admiración por aquellos soberbios, esos tipos que no sólo son buenos en lo suyo, sino que además se saben capaces. ¡Falta nos haría en este país gente así! No sólo porque de una buena vez se terminaría con toda esa gente inoperante que tiene puestos de dirigencia y que solo repite lo que ya han hecho con ellos, sino que porque además frente a alguien eficaz y eficiente solo nos queda detenernos, admirarle y ¡aprender a ser como ellos!

En el pensar griego la soberbia, esa cualidad de ser excepcional, aceptarlo y explotarlo, es una virtud y puede ser algo que se enseñe.

 

Areté.

Según Jaeger el concepto que permite entender la educación en Grecia es el de Areté. Sólo se manifiesta la educación cuando uno postula un ideal por persona que formar. La educación al pretender desarrollar la vocación de cada persona apela al desarrollo de cualidades humanas que permitan alcanzar su perfección plena. Al menos así lo pensaban los griegos que siempre apelaban a una educación de corte aristocrática. El sentido de la palabra aristocracia hace referencia a lo mejor (=aristos), a lo más elevado o excelso. La educación griega  en tal sentido siempre postulaba una separación o independencia de lo mediocre. Si recuerdan la alegoría de la caverna de Platón, lo que hay es precisamente un intento de alejarnos de la oscuridad mediocre o populosa para apelar aun sentido más perfecto.

Por ello es que el areté como virtud es algo que solo algunos alcanzan y que muchas veces más se encuentra en los dioses que en los humanos.

El concepto de arete, tal como lo enuncia Homero, que no solo hace referencia al ideal de excelencia humana, sino más bien a todo aquello perfecto que va más allá de lo humano: la fuerza de los dioses por ejemplo. Es sin duda una de las cualidades que se aprecian en la nobleza, de donde proviene la palabra “aristos”. Una excelencia que hace referencia a cualidades vitales, prácticas de destreza físicas. Es el hombre valiente, el bravo guerrero capaz de grandes proezas. Es aquel que en su vida se rige por normas que escapan  a lo que hace el común de la gente. Es una actitud de permanente lucha y prueba por seguir manteniendo una actitud frente a la vida y a pesar de ello seguir siendo los mejores. Es un concepto que empieza apelando al ser guerrero pero que deriva en una concepción de perfección del género humano.

Pero además la areté griega incluye el “honor”, honor entendido como la capacidad de que otros reconozcan la propia valía. El enojo de Aquiles no es sólo un orgullo o una rabieta de un adulto, sino que va más allá. Aquiles se indigna de que sus camaradas de armas sean incapaces de reconocer su virtud y con ello demuestren que son incapaces de reconocer su propia virtud. Quien niega la virtud, se niega a si mismo, pues no reconoce lo que puede ser su ideal personal. El enojo de Aquiles es ante aquellos pusilánimes que son incapaces de mirarse a si mismo y de reconocer algo digno de realizar en sí mismos.

La areté nos conduce a un compromiso con lo mejor de nosotros mismos. La idea no es crear una falsa apariencia de perfección y autoengañarnos en ella, sino lo contrario, la areté es una postura de continua búsqueda de excelencia que nos permita sabernos honrados por los demás, pero ante todo reconocer que somos mejores y que podemos seguir siéndolo.

Los griegos exaltaban esa perfección interior que los hacia merecedores de elogios y de éxitos. En una sociedad como la nuestra, que muchas veces solo se resigna al mínimo esfuerzo, que no potencia lo mejor de sus jóvenes y que hipócritamente reclama luego de sus magros resultados deportivos o pedagógicos; para una sociedad así hace falta la aparición de este vieja virtud, el areté, no para que el ignorante se haga orgulloso por su necedad, sino al contrario para que el soberbio, aquel que se sabe distinto y superior a todos, pueda ayudarnos a reconocer nuestro propio areté y nos desafíe a mejorarlo.

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