Carta a las educadoras o ¿Qué te pasó tía?

Con gran esfuerzo hemos terminado nuestro seminario para educación parvularia, “Educar en la Aridez”. Un encuentro que nos permitió encontrarnos con Carmen Lavanchy, fundadora del hermoso grupo Mazapán, para conocer sobre el arte y como estimularlo en los infantes; también pudimos dialogar con don Jesús Ginés un hombre de un vasto curriculum y actual director del instituto BERIT que nos trajo el tema de la familia y la forma de integrarla a la educación parvularia; por último, pudimos dialogar sobre la importancia de las neurociencias con las profesoras Paola Marambio de la UMCE y Ressfa Hernadez de nuestra casa de estudios (Universidad Santo Tomás).

Fueron dos días de intenso trabajo que plantearon en definitiva la importancia de la educación parvularia para el desarrollo integral de un niño.

Sin embargo, mientras se realizaban las exposiciones yo escuchaba otro mensaje: la importancia de tener buenas educadoras en los primeros años de vida.

En mi experiencia como padre he visto esto con no poco dolor. Recuerdo un año en que lo iniciamos con mucha alegría. Yo iba con mi hija a su jardín infantil y ella sonreía y cantaba pues se encontraría con sus nuevos amiguitos. Al pasar el año el semblante de mi hija iba cambiando. Hacia final de año ya era un sufrimiento asistir al jardín. Había tristeza, había dolor peor sobretodo decepción.

¿Qué había pasado?

La tía estaba tan preocupada de preparar a los niños para la PSU (la prueba de ingreso a la universidad) que había olvidado lo fundamental: educar. Algo grave le pasó a la tía, y lamentablemente le pasa a nuestra sociedad: estamos tan afanosos buscando los éxitos (en este caso académicos) tratando que “los niños lean antes, que sumen antes, que escriban antes” que nos olvidamos que en primer lugar deben ser personas y personas felices.

La educación se debe orientar al desarrollo íntegro de la persona. Las investigaciones me avalan: cuando un pequeño crece en un ambiente favorable, estimulador y amigable se logran mayores redes neuronales. Pero lograr estimular y motivar en aprendizajes no lo logra cualquier persona. Y he aquí el problema. Muchas mujeres puede obtener el título de educadora de párvulos, pero pocas son efectivamente EDUCADORAS.

Pululan por nuestras salas cunas y jardines infantiles muchísimas instructoras o niñeras, según el énfasis que dan a su quehacer, pero educadoras, mujeres con vocación de servicio, proactivas, líderes en su campo, lamentablemente pocas. Hay muchas mujeres mediocres que se llaman así mismas educadoras y que con su desidia, con su menor esfuerzo, solo alimentan la ineptitud. Son mujeres que no enaltecen la labor docente, sino por el contrario la denigran. Seguramente su único afán es el sueldo, como lo era la nota en su formación.

Debemos cuidarnos de ellas, pues el daño que hacen al castrar vocaciones es algo que afecta a generaciones. Por ello debemos buscar y enaltecer a las buenas educadoras.

Una educadora debe efectivamente ser una mujer apasionada, que ama lo que hace y por ello lo hace bien. Una educadora debe ser una mujer creativa, alguien que no se conforma con repetir lo mismo año tras año, sino que por el contrario asume cada nueva generación como una nueva aventura por desarrollar. Una buena educadora en síntesis es aquella que no mira las cosas por su beneficio propio, sino por la responsabilidad que tiene ante los demás, en especial los más pequeñitos y que consciente de la grandeza de su labor la ejecuta con la bella humildad del servicio que presta.

Por ello, es bueno en esta ocasión recordar que la forma más excelsa de educar es a través del servicio. En tal sentido, consciente que tú fuiste una de aquellas educadoras que quiso oír este llamado a mejorar, que fuiste tú la que entendió que este seminario era una oportunidad para crecer y poder dar algo mejor a sus futuros párvulos, que en definitiva con tu participación demuestras que quieres ser mejor; quisiera contigo compartir estas bellas palabras de Gabriela Mistral, en donde nos enseña cómo educar en el servicio:

      Toda naturaleza es un anhelo de servicio.
      Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
      Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
      Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
      Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
      Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los
      corazones y las dificultades del problema.

      Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay,
      sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.
      Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho,
      si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

      Que no te llamen solamente los trabajos fáciles
      Es tan bello hacer lo que otros esquivan!
      Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito
      con los grandes trabajos; hay pequeños servicios
      que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar
      unos libros, peinar una niña.
      Aquel que critica, éste es el que destruye, tu sé el que sirve.
      El servir no es faena de seres inferiores.
      Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera
      llamarse así: “El que Sirve”.

      Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos
      pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quien?
      ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?
 

Muchas felicidades por tu labor, Tía.

This entry was posted in Sin categoría. Bookmark the permalink.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Usted puede utilizar las etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>