Titulados

Titulados
 Titulados, mis colegas
Yo trabajaba mucho. Clases en la UCN, en la UJSO, en Los Lagos, el San Luis, el ISMA. Llegaba a casa a las 11 pm. Por eso cuando me ofrecieron ser director de escuela negocié tiempo.
Recibía la Escuela de educación de la UST y debía mejorar la matrícula . Así es que trabajamos por crear una mística nueva. Nos abrimos a prácticas en colegios públicos. Generamos talleres de oratoria, de música, teatro. Exigimos pero acompañamos. Formábamos a los profesores que le harían clase a nuestros hijos.
Crecimos pero sobretodo hicimos un grupo con vocación.
Siempre me he sentido orgulloso por todos mis alumnos de pedagogía. Con ellos compartía mi propia vocación.
Mi mejor recuerdo de esa época era cuando celebrábamos el examen de grado. El compromiso era que el examen debía ser desafiante. Una verdadera prueba que demostrara que nuestro o nuestra estudiante se convertiría en colega. Así es que cuando terminaba el examen y el resultado era favorable invitábamos al o la estudiante que ingresara. Junto a su familia. Como director me ponía de pie frente a él. Serio. Sentía que fluía por mí una fuerza especial. Se leía la resolución de aprobación y con emoción decía “Desde hoy usted es un profesional de la educación, bienvenido colega!”. La alegría lo inundaba todo. El orgullo de los padres y madres que asistían y aplaudían con entusiasmo. Pero sobretodo la felicidad de quien sabía que había cerrado una etapa. Al término del examen de grado algo de mí, de mi felicidad iba con ellos.
Y no sólo firmamos títulos de  carreras , abrimos postítulos, diplomados, y el primer programa de magíster de la UJSO en regiones. Incluso traje a mis profesores de la UC a hacerles clases. Fue una bella época.
Hoy a muchos los veo y sigo orgullosos de mis colegas. Un abrazo a la distancia.
Escucha esto:

 

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La Ossa.

Fue un día extraño. Iba camino al trabajo, a mi pega en la Unidad de Asuntos estudiantiles de la Universidad José Santos Ossa y al llegar nos dimos cuenta que la Universidad ya no existía.
La “Ossa” fue un gran proyecto universitario que se inició el año 1985 como Instituto Profesional y que derivó más tarde en un interesante proyecto universitario regional. Nunca se había visto con tanta fuerza, como en esa casa de estudios, un logo hecho realidad: “Humanitas et Vita”.
La vida cultural que albergó “la OSSA” fue algo inigualable por las otras universidades locales. Constantemente “la OSSA” desarrollaba conversatorios con personalidad de nivel nacional y local que estimulaban la discusión y reflexión académica. Sin duda que el trabajo hecho por Patricio Jaradestacó en gran manera. Pero también lo hacían los grandes académicos que por ahí transitaban: Alberto Beckers, Huberto Plaza, Jorge Stavros, Adriana Zuanic, Patricia Bennett, Juan Carlos Quijada, Ernesto Rodriguez, Patricio Peñailillo, Branko Marinov, Juan Ramón Leal, Maria Teresa Ahumada, Ximena Silva, Cristina García, Alejandro Jimenez, Julio Morales y tantos otros con quienes compartimos entretenidísimas charlas.
Mi paso por la Ossa fue inesperado. Yo estaba trabajando en el Colegio San Luis y en el Colegio Antonio Rendic. Pero en este último colegio no estaba tranquilo. Había un inspector que no soportaba que yo no usara corbata y por ese detalle me hacia la vida a cuadritos. Así que cuando me ofrecieron ir a trabajar a la Ossa, en apoyo de don Eduardo Ibarra en Asuntos Estudiantiles, no lo dudé. Además que desde años que admiraba el trabajo de la Universidad en el área de Extensión. Así es que me incorporé justo el año en que se abrieron las pedagogías en Inglés, Lenguaje e Historia.
Como en todo buen lugar lo pasé muy bien y aprendí harto. Hicimos un círculo de filosofía. Enseñé Latín. Hice convenios con el cine y un boletín cultural para los estudiantes. Aumentamos los torneos deportivos. Y por sobretodo tuve grandes conversaciones con todos esos destacados docentes. ¡Daba gusto ir a trabajar a la Ossa!
Lamentablemente todo terminó el año 2005, cuando la Universidad no pudo lograr su autonomía y fue vendida a otra universidad. Algo que supongo que ocurre solo en este país que endiosa al mercado por sobre todo incluso la educación. Recuerdo que hubo mucho dolor y pena por el fin de este proyecto (pueden ver el documental adjunto).
Y así fue como la región se farreó un tremendo espacio de quehacer universitario e identitario.
Debes ver esto:
Huachos de Alma Mater
YOUTUBE.COM
Huachos de Alma Mater

 

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Por amor… Satisfaction!

¿Ves ese video? Estuve ahí y no fue bonito.
Resulta que la Claudia es fanática de The Rolling Stones. Pero sus gustos no son usuales. Suele coleccionar los vinilos de los Rollings o comprar libros con fotografías y anécdotas de la banda. Regalarle un vinilo no es fácil. ¡No se te vaya a ocurrir regalarle esos vinilos de supermercado que han sido remasterizados e impresos en la última década! No, a ella hay que regalarle las primeras impresiones, aquellos que salieron con los sellos DECCA o LONDON RECORDS, y con suerte te acepta un ABKCO. He tenido que aprender mucho sobre impresiones y códigos de los vinilos para buscar el regalo y con suerte más de una primera impresión he logrado pillar por ahí (Aún no logro comprar el de MONA, los entendidos sabrán).
Así es que entenderán que si la banda anuncia viaje y concierto en Chile había que ir. En esta ocasión no podía argumentar diciendo que “pa`la próxima vamos”, sobretodo considerando la edad de los integrantes de grupo. Así que tuve que preparar todo, pasajes, boletos, horarios y embarcarme al concierto.
Los conciertos siempre tienen una dinámica propia. Primero están los amigos que te haces en la fila al estadio. Todos alegres, compañeros, solidarios en el gusto. Estar al sol horas para que abran las puertas genera ese cariño y camadería que solo el sudor conjunto logra impregnar.
Sin embargo todo eso termina al momento de abrirse las puertas. Ahí la cosa cambia. Ese amigo con quien prometiste juntarte a la salida, es tu mayor enemigo al momento de tratar de conseguir el mejor lugar para mirar el concierto. Esto es la guerra. Debes correr, estar pendiente de los pasos de los otros, esquivar a los guardias y aferrarte con todas tus fuerzas a la reja que te separa de tu artista. De ahí nadie debe moverte.
Luego viene la espera. Todos apretados, expectantes, ansiosos. Algunos hablan de cuál es el mejor tema de los Rollings. Los que como yo, estamos solo acompañando, pretenden participar de la discusión diciendo “Satisfaction”, las miradas despectivas de los que saben llegan con furia y se voltean para seguir discutiendo sobre los instrumentos orientales usados en “Paint It, Black” o de la inspiración en Boudelaire para escribir “Sympathy for the devil”. Y en esa estaba la Claudia conversando con unos viejos también fanáticos. Mientras yo seguía descubriendo que aún me quedaba sudor en el cuerpo y añoraba con ansias el agua que te habían obligado a botar en la entrada.
En un momento, la cosa se puso fea. De pronto un guatón gigante, de al menos un metro ochenta o más, usaba toda su humanidad para abrirse camino hasta donde estábamos. Empujando a todos. A garabato limpio haciéndose entender. Llegó hasta frente a nosotros y ahí fue interpelado por la Claudia. Los grandes amigos de la Claudia , con quienes conversaba de los Rollings se apartaron y ahí sentí la mirada de ella: “¡Haz algo!”. Desde que levanté el movimiento ambiental que a veces siento que la Claudia aumentó su confianza en mí. Sin embargo es demasiada la confianza. O sea estábamos hablando de un guatón gigante de metro ochenta y fácil sus 105 kilos, versus mi metrosesenta y 78 kilos de humanidad. Pero nobleza obliga: “¡qué te creís guatón…!” dije con fuerza y me preparé para recibir el puñete en la cara.
Estaba en eso cuando se apagaron las luces y aparecieron los Tres en el escenario. ¡Por Dios que nunca había querido con tanto cariño a la banda chilena!
Todo era pura felicidad, las canciones, el sudor y un público feliz. ¡Y aparecieron los Rolling! ¡Qué manera de ser buenos músicos! Un espectáculo tremendo. Se notaba como Keith Richards gozaba cada nota en el escenario. Mick Jagger corría por todo el escenario y se acercaba a nosotros pues estábamos al lado de esa plataforma que extendía al escenario (si miras el video es por donde camina mientras canta). La vitalidad de Mick es impresionante, corre, canta, baila y cuando una mujer le mostró se levanta la polera para mostrar dar a Mick una panorámica de su busto, él se volvió a todos nosotros y se levantó la polera. ¡Nunca había visto una guata tan arrugada!, las carcajadas entre todos abundaron, hasta el guatón se mató de la risa.
La Claudia estaba feliz, lo bailaba todo, se sabía todas las canciones y las cantaba. Yo ahí estoico, mirando de reojo al guatón que se había sacado la polera y que bailaba frente a mí. Ya llevábamos casi dos horas y comienza el acorde de “Satisfaction!”.
No fue bonito…
Hay un momento en el concierto que ya la masa te mueve. La Claudia estaba firme a la reja, en cambio yo era una onda más en esa masa humana que de inmediato comenzó a saltar. Me empecé a mover, a avanzar peligrosamente cerca del guatón gigante que sudado tenía la polera en su mano y cantaba feliz. Era inevitable. La masa se movía de manera irrefrenable llevándome paulatinamente hacia la espalda del guatón, contra la cual chocó mi cara (tal como Ben Stiller choca en el partido de basket de “mi novia Polly”). Y así fue como mientras asqueado escuchaba “i can´t get no satifaction!” la Claudia era feliz.
El amor tiene formas extrañas de manifestarse y si ese acto no es prueba de ello, no sé que lo es.
¡Feliz día de los enamorados!!!.

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El académico

El académico
En las salas REstaba muy nervioso ese primer dia de clases en la U. No creo que mi selección como académico haya sido y bien pensada ni planeada. Apenas tenía 24 años. Un cura que era Magister en filosofia no quizo hacer las clases y me dijo: anda tú por favor. Yo llevaba unos 3 años haciendo clases en el San Luis. Hicimos los trámites y finalmente me confirmaron: vaya a la R51 a la cátedra de Antropología Filosófica.
Eran esas salas gigantes como teatro y estaba llenísima. Me paré delante y les dije que haríamos clases. El silencio empezó de a poco y algo hablé de la importancia de la filosofía. Terminé la clase y una chica se me acerca y me entrega un papel diciendo: “Profe, muchas muletillas, 34 `digamos`”.
De ahí me propuse hacer las mejores clases.
Empecé a buscar problemas y desarrollarlos como si yo fuera el filósofo. Unas clases llegaba creyente y a la siguiente ateo. Unas veces creía en la ciencia y a la siguiente clase odiaba la ciencia. A veces apoyaba el ser y después la nada.
Actuaba. Discutía. Pero sobretodo hacia pensar. Tanto así que sin pasar asistencia se llenaba la sala y venían estudiantes de otras carreras a filosofar.
Al final del semestre esa alumna me dio un diploma por no tener ya muletillas.
¡¡Cómo extraño esas clases!! La academia para mí era un espacio de encuentro de convergencia y divergencia de ideas. No era el afán de demostrar cuánto sabía o no, usando palabras rebuscadas ni tampoco reprobando estudiantes. Era simplemente recuperar el diálogo y construir en conjunto la verdad.

Ojalá algún dia pueda volver.

Para leer esto debes escuchar…


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San Luis y el ISMA

El San Luis y el ISMA

Esto debes leerlo escuchando:

 

Llegué al San Luis porque unos cabros malos le habían hecho la vida imposible a una Profesora de filosofía. Yo estaba recién egresando y no tenía más de 22 años. Dejé todo en Santiago.
Y me hice antofagastino.
En el San Luis crecí como profesional. Los jesuitas siempre me acompañaron y me exigieron y me formaron. Con mis colegas fuimos creciendo con los años y conformamos una familia que aún persiste cuando logramos reunirnos.
Fortalecí el compromiso social e hice mi aporte al San Luis: me toca implementar los trabajos de fábrica dado que yo mismo los había vivido como estudiante en mi colegio, con otros soy culpable de las pruebas de síntesis y de la coordinación de jefaturas. Hice de todo: Mej, cvx, pastoral, utp, orientación, academias, equipo de gestión.
Pero lo mejor eran las carreras con los carros de supermercado entre el Benja y Yo, con varios alumnos empujándonos o los actos de fiestas patrias organizados por los cuartos medios en que llenamos el escenario cantando el “todos Juntos” de los Jaivas. Incluso he sido uno de los pocos profesores del San Luis y del Isma. Si me pagan les digo donde está el túnel.
Pero lo mejor fue mi relación con mis estudiantes. La mística aún sigue y se mantiene.
Deje de ser el “chuqui” y me transforme en el “pájaro”, y el San Luis y el Isma me dieron alas para seguir volando.
Con los colegas del San Luis
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QUINAHUE

Esta foto es bella, salíamos de la misa que se hacía con rogativa incluida por parte de la machi y nos íbamos a al escuela en donde sería el almuerzo. Se ven algunas mesas y sillas para ir a almorzar que cada uno debía llevar. Bonito recuerdo.

 

En QuinahueQUINAHUE
El padre Lorenzo me llamó un verano: “Vamos a ignos al sug! ven con nosotgos!!”
Lorenzo era un cura francés que había llegado a trabajar a la parroquia. De esos curas choros. Cura obrero. Comprometido. Era el párrocode mi capilla y un hombre de convicciones profundas. Confió en un pequeño grupo y armó misioneros para ir a Temuco con los mapuches.
Fue así como el verano del año 87 termine en la comunidad de Quinahue, recorriendo los campos, compartiendo el almuerzo y luego las labores: cortando el trigo, cosechando, cortando leña, ordeñando vacas, pescando y ayudando en lo que fuera posible.
Dormir bajo los eucaliptus, bailar el nguillatun con la Machi, presenciar las rogativas, conocer de su historia conversando en las noches junto a las brasas… fueron esas y muchas más cosas las que me unieron con los mapuches. Al final yo fui el evangelizado con el amor profundo a la tierra.
Terminé siendo un peñi más y desde ahí los veranos restantes fueron solo para ellos. Al final las buenas nuevas ellos me las daban a mi y yo en silencio aprendía y aprendía.
Les debemos mucho mas que un perdón al pueblo mapuche y a todos nuestros pueblos originarios.

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Papá

Julian Díaz Jiménez, tierra que pisa polvo que levanta.Cuando era chico, Roberto Carlos cantaba la canción del millón de amigos. Todos comentaban que mi papá era ese tipo, el que tenía un millón de amigos. Yo crecí siendo el hijo de Julián Díaz Jiménez y por lo mismo a cada rato me hablaban de él. Julián era hermano de Heriberto (quien tiene otro millón de amigos), e hijo de Manuel Díaz y de Francisca Jiménez. A temprana edad le fascinó todo el mundo de la electrónica y de las comunicaciones. Por lo que no fue raro que terminara ejerciendo primero como profesor en el Liceo Industrial de Chuquicamata y posteriormente como controlador y locutor de radio en la gloriosa Radio El Loa.
Con papá nunca fuimos muy cercanos. Su favorito era Eduardo el hijo mayor, quien sí ingresaba a su taller y podía transmitir por la radio de onda corta que teníamos o podía curiosear en los vinilos que se agolpaban. Yo tenía vetada esa entrada, supongo que era por haberme quemado al mano con un cautín que estaba encendido o por haber hecho estallar una radiograbadora a pilas que casualmente conecté a la electricidad. Luego cuando nació mi hermana, cero posibilidad de acercarme más. Ella era los ojos de papá y pobre de aquel que el hiciera algo. Yo era el regalón de mamá.
Esa situación solo pudo resolverse años más tarde cuando yo ya bordeaba los 12. Llegué un día del colegio y me encontré a mi papá acostado en cama. Cosa rara. Las vendas alrededor de su pecho daban cuenta del feo accidente que había tenido. Papá trabajaba para Codelco en la unidad de telecomunicaciones y se había subido a reparar la antena de la radio El Loa. Algo falló y cayó desde gran altura. Ahí pudimos conversar. Y recuerdo haber terminado en su regazo viendo películas de acción. Incluso me gané una ida al cine solo con él a ver una antología de películas de terror.
Recuerdo ese último año con mucha alegría. Salíamos como familia al parque de Calama o a comer fuera los domingos, viajábamos. En uno de esos viajes, Papá se atendió en una clínica en Antofagasta, seguía teniendo molestias en el pecho producto de la caída y en el hospital de Chuquicamata solo le daban calmantes. El diagnóstico era fatal, tenía un cáncer al colón en fase 4. Los días siguientes solo fueron caóticos. Lo operaron en Chuquicamata y el pronóstico no era bueno. Fue trasladado a la clínica Indisa en Santiago de urgencia para hacerse quimioterapias. Al mes recién pudimos viajar los hermanos para acompañarle. Cada día, se gravaba más y más y a la semana fallecía rodeado por nosotros su familia. Estuvimos con él al partir y su última mirada aún la recuerdo con dolor, incluso cuando ya han pasado más de 35 años.
Lamentablemente en el norte esta historia es algo que se repite más de lo habitual. El cáncer es la principal causa de muerte en nuestra región y el impacto es catastrófico para quienes los padecemos. En mi caso significó dejar de vivir en mi pueblo natal y tener que trasladarme a Santiago. Pero en muchas familias no solo es la partida del ser querido, sino que además asumir los costos altísimos que se provocan por esta enfermedad. El cáncer es catastrófico. Pero no hacer nada para prevenirlo es irresponsable. Hoy en día tengo la oportunidad de hacer mucho y prometo que lo haré. No solo porque es necesario sino también por Julián y por todos aquellos papas y mamás que han partido desde esta región.

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La Capilla

Muy buen día, yo soy católico, pero vivo esa fe obrera, la fe del carpintero. Por muchos años, toda mi adolescencia lo dediqué a una pequeña capilla en al Villa O´Higgins en la Florida. Eran años de ollas comunes, represión con allanamientos y peñas clandestinas. Quiero compartir contigo otro relato de los 80. Hay que escuchar a Victor Jara para leer esto.

La capilla
Llegué a la Villa O`Higgins porque me encontré con una vieja amiga de Chuqui, la Hermana Regina cerca de mi casa. Ella era una monja chorísima que había estado en Chuquicamata y que fue transferida por su orden a la Florida. Comprando el pan me la encontré y me invitó a visitar la capilla en que ahora trabajaba.
Se suponía que iba solo a apoyar un fin de semana como animador juvenil, ya saben, hacer algunos juegos y cantos infantiles y enseñar algo del evangelio. El fin de semana duró 10 años, formando a un grupo de niños, jugando, formando, orando, pero sobretodo mostrándoles que otro mundo era posible. No solo fueron los niños, en los temporales era recorrer las casas y regalar fonolas para reparar los techos, conseguir parafina para las estufas, hacer el pan con la olla común para alimentar a las familias que buscaban alimentos. Eran los tiempos de la dictadura, eran tiempos muy difíciles.
Hicimos más de un milagro, pero por sobretodo crecimos juntos en entrega y unidad. Lo di todo por ellos. Al final desde el viernes al domingo mi segunda casa era esa vieja capilla. Terminé cambiándome a vivir allí a mi bella Villa O`Higgins. Fui un poblador más y juntos cambiamos nuestras historias. Muchos “luchines” abrieron sus jaulas y volaron como pájaros. Parte de lo que soy también se los debo a ellos.
Finalmente terminé mi carrera y el norte me dio una segunda oportunidad y partí hacia Antofagasta. Unos años mas tarde nos reunimos y ahí me di cuenta que habíamos cambiado nuestras historias entre todos.

Los de la capilla

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Ruby y la vocación docente.

Ya saben cómo va la cosa. Hoy les contaré otro relato de mi formación en la Universidad. Tuve el honor de estudiar en el mítico Campus Oriente. Dejaré algunas imágenes de sus pasillos. Este texto lo escribí hace 10 años, solo he actualizado las fechas…

Habrá sido hace unos treinta años, que un joven deambulaba por los viejos y místicos pasillos del Campus Oriente, desesperanzado y nostálgico. Era un chico, de condición humilde, desorientado, que había entrado a estudiar filosofía con la esperanza de encontrar la verdad. Al poco tiempo de cursar algunos ramos de esa carrera, le habían destrozados sus únicas y poquísimas verdades, su fe había sido humillada y todo lo que consideraba cierto e indudable había sido transformado por otras ideas. A la distancia puedo decir que el ejercicio que vivió fue bueno, le exigió volver a articularse, a crear sus propias ideas y con ello descubrir su propia potencialidad. Sin embargo en ese momento, él no sabía qué hacer.
Llegaba el momento de tomar una decisión: o seguía enfrascándose en turbias conversaciones filosóficas para concluir su licenciatura, o apartaba el rumbo y volvía sus pasos al periodismo; o, algo que jamás había considerado, se metía a finalizar sus días en viejas aulas enseñando, con tiza en las manos, una asignatura que ni él mismo comprendía bien, la filosofía. Como estaba inseguro este joven decidió entrar a tres clases distintas. Teoría de la información con periodistas, el seminario de Nietszche con los filósofos y algún ramo al azar de pedagogía.
El curso con los periodistas había resultado entretenido, pero no más que eso. La Teoría de la información aparecía como algo dificilísimo de entender para los futuros reporteros, pero para él , luego de un curso de fenomenología con Raúl Velozo nada parecía imposible. El curso de filosofía no había dado una mejor impresión, una habitación pequeña en estado neblinezco gracias a la pipa del Profesor Oyarzún. Así es que nuestro joven inseguro e inquieto se dirigía a una clase de Curriculum Educacional.

La sala era más grande de lo que él estaba habituado, la filosofía nunca había sido una cosa muy popular y los cursos no iban más allá de las quince personas. Pero acá la situación era distinta, en un salón iban entrando personas de diversas tendencias, el grupo de muchachas alegres y bulliciosas con unos bolsos enormes repletos de cartulinas, xilófonos y pegatinas de diverso color. Los tipos serios, vestidos casi formalmente, con lentes en la mayoría de sus casos y a una distancia prudente de las ruidosas eran los que habían estudiado ciencias y mostraban en su rostro el desagrado que ocasionaba salir del laboratorio a conversar estos temas “humanos”. Algunas otras personas venían con un rostro cansino, con las manos repletas de libros, algunos con bufanda y tonos pastel en sus prendas, eran literatos e historiadores que se sumaban a esta mezcla extraña de personajes. No faltaba el matemático introvertido sentado en algún rincón y apegado a unos extrañísimos símbolos que le mantenían ocupado todo el tiempo. Mi simpatía la llevaban los artistas, ante los cuales no podría describirlos, pues cada uno de ellos era un caso único y especial, unidos sí por el afán de mirar y apreciar todo aquello que para el resto pareciera inútil.

Es así como en esta selva extraña de personalidades y disciplinas, se acercó una profesora, que con su sola presencia generó silencio. Una mujer de mediana edad, de rostro severo, con voz imponente pero repleta de una sinceridad abismante. Se sentó frente a nosotros y comenzó una clases con dos preguntas que desarmaron a ese pequeño joven: “¿Así que ustedes quieren ser profesores?, ¿están seguros?”.
Poco a poco la profesora fue desentrañando las dificultades que traía esta profesión. Con los años pude descubrir que no mintió en ninguna: “Ustedes vivirán bajo el menosprecio de quienes recibieron su ayuda, pues en este país no se valora al maestro, se le considera indigno, se le relega a un segundo plano, pues este país no se da cuenta de la importancia de la educación. Ustedes serán maltratados por sus jefes, pues se les considerará funcionarios, meros técnicos que aplican un programa o que deben ser niñeros para los hijos de los poderosos. Ustedes no ganarán nunca lo que merecen, pues los sueldos docentes son escandalosamente inferiores al valor de la tarea que ejecutan y a nadie parece importarle esta injusticia. Y ustedes deberán soportar muchas veces la incomprensión de alumnos que no valorará su trabajo o de familias que les ignorarán en sus propuestas, pues aún se cree que la educación es responsabilidad solo de los profesores”.

Campus oriente

El pobre joven, confundido en su elección profesional, no entendía el sentido de esto. En su mente, los diversos compañeros desagradados con lo dicho se iban levantando y abandonando la sala de clases. No era una invitación grata ni plena, era más bien una ofensa, una abofetada a un deseo pueril de éxito o de elección presurosa de carrera. ¿Qué pretendía esta mujer hablando así a sus alumnos? Pero por sobretodo, ¿por qué este joven aún no se marchaba?

La realidad era así (lamentablemente continúa siendo así) y la argumentación de la profesora era también sólida. Pero inconclusa. Y ese joven se movía siempre por la curiosidad. Algo nacería de todo ese discurso.
Y eso ocurrió casi después de una hora de todo un discurso pesimista de la profesión docente. La docente se detuvo, les miró a los ojos y dijo: “Pero…, pero ustedes ayudarán a descubrir a otros su vocación”.

En la mente de ese joven, jamás una conjunción había sonado tan bien, tan enaltecedora, tan llena de respuestas, tan esperanzadora. El giro que tomó el discurso de la docente por primera vez se mostró como una solución a todo lo que buscaba. No era una solución fácil, ni segura, era por sobretodo heroica. Y tal acto de audacia convencía plenamente a aquel tímido jovencito. Por primera vez se sentía llamado a una tarea grande, noble, pero sobretodo una tarea que le sacaba del individualismo de su búsqueda. Ese día para ese joven se abrieron las paredes del cielo, un angelito bajo y as trompetas celestiales anunciaron su verdad: “serás profesor”.

Ese joven, luego de 30 años sigue siendo profesor, y tiene muchas ganas de convertirse en un educador, ahora se dedica a hacer clases a otros jóvenes iguales o peores de confusos con su vocación que él, pero al menos se sabe la respuesta, sabe que su elección le ha hecho feliz. Esa profesora, le enseñó a un joven a ganar seguridad, a arriesgarse a grandes desafíos a imponerse una tarea titánica, pero pro sobretodo le dio las primeras herramientas para mantener sus sueños vigentes. Ruby es una gran educadora y por lo que he seguido averiguando a la distancia aún lo es. Me gustaría compartir experiencias, contarle cómo me fue, preguntarle cómo seguir siendo fiel al desafío, pero hoy solo quiero agradecer. Agradecer por ayudarme a descubrir mi vocación. Agradecer por lo que soy.

Muchas Gracias Ruby, por enseñarme que la tarea del educador es muy difícil y amarga, “pero es la oportunidad de realizar el mayor desafío posible, ayudara a otro a descubrir su propia vocación”.

Esa tarde, cuando era joven descubrí que mi vocación era ayudar a que otros pudiesen descubrir la suya propia. Era paradójico, yo que buscaba una respuesta, la encontraba donándola. Y eso, ese desafío, me llenó de esperanza y de compromiso por el resto de mis días.

(ser profesor siempre implica un sacrifico que se hace por otros, por eso mi canción para este relato es esta: )

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El Colegio san Ignacio, con apellido AO.

Llegué a estudiar a Santiago al Colegio San Ignacio A.O.
La verdad es que la adolescencia me la salté. A los pocos meses de estar allá, quedé junto a mi hermano viviendo solos en una gran familia que decidió acogernos.
Recuerdo de manera confusa esos años. Fueron años difíciles. De mucha pérdida. Como familia debimos separarnos y pasamos muchas penurias económicas. Eran principios de los 80 y los que lo vivieron saben de lo que hablo. Lo bueno fue que dejé de ser regodeón y aprendí a comer de todo.
La capital no fue amable. Pasaba perdiéndome en las micros. Todos caminaban apurados. Los viajes en micro eran todo un desafío. No es fácil subirse siendo estudiante. Tampoco es fácil ser de regiones llegando a la ciudad.
Lo bueno de toda esa época de somnolencia fue el colegio. Al principio lejano, luego gracias a los compañeros cada vez más cercano. La imagen de esos dos campanarios me acompañó cada día. En el tedio de las tardes, eran la imagen de paz.
No sería quien soy sin ese colegio.
Mi profe Jorge Marticorena Zilleruelo y mi profesora de matemáticas miss Perla Moraga supieron ver al joven “chuqui” (así me apodaron mis compañeros) y sacarlo de la tristeza. Le mostraron que era posible otro mundo.
Los amigos fortalecieron la confianza, y aún lo hacen pues a pesar de los años aún tenemos contacto y nuestro inigualable grupo de Wassap.
Y mi colegio me formó a fondo en el sentido de justicia social.
Con orgullo puedo decir que soy Ignaciano y desde ahí empezó a gestarse esta vocación de servicio que por años ha seguido intacta y que he podido compartir a mis estudiantes.
Te invito a escuchar lo siguiente:

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