Archivos Octubre 2005

Tengo Miedo.

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El GritoFue cuando era pequeño, lo recuerdo claramente, la profesora de Religión nos pidió que escribiésemos en nuestro cuaderno aquello que nos diera más miedo. Lo que respondí fue simple y preciso: tenía miedo de que mis padres muriesen. No podía concebir mi vida sin ellos, hacia poco que había logrado amistarme con mi padre y con mamá siempre hubo un afecto muy especial, de modo que sabía que sin ellos simplemente no podría vivir. ¿Por qué  recuerdo esto? Quizás quedó en mi mente esta clase porque al poco tiempo, unos cuatro meses más tarde, mi padre fallecía de cáncer.

Ahora un muy buen amigo mío, que por casualidad es alumno de mi curso, me plantea esta misma frase: “pájaro, tengo miedo”. El tema del miedo y del temor es algo que permanentemente se nos aparece en nuestra vida. Muchas cosas nos pueden causar miedo, ciertos objetos que a la vista aparecen repugnantes. Eso es fácilmente entendible y aceptable. Pero ¿qué ocurre cuando nuestros miedos son más profundos? ¿Qué haremos cuando los miedos sean más intensos? ¿O peor aun, cómo podemos vivir con esos miedos? El tema no es sencillo, acá se juega nuestra vida, por ello quizás sea necesario enfrentarlo, aunque nos dé miedo.

Seguir fiel

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Cuesta no venderse y seguir fiel a lo que uno cree. Cuesta no desdeñar de las esperanzas y continuar la propia senda. Cuesta entre tanta rabia poner un poco de paz, evitando no caer en la venganza.

Benedetti hace tiempo me enseñó a mantenerme fiel. A ver si tú te animas...

Mi hermano, experto en estas cosas,  ha dado algunas reglas que debieran desarrollarse para mantener bien los blogs. Algunas propuestas son interesantes, pero como yo no soy muy dado a seguir lo que dicen quiero imponer mis propias opciones para este blog:

 

¡Qué fome!

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Algunas personas han visitado este blog y resueltamente me han dicho, con esa autoridad que te da la simple capacidad de respirar: ¡qué fome tu blog!

Como la intención de este servidor es ser pluralista y tolerante (aceptante más bien), no discutiré las intenciones ni juicios ajenos, las recibo y las hago públicas. Pero sí con mucho cariño y no poca malevolencia dedico a esos seres el siguiente cuento... 

Sin  duda que cuando hablamos de tolerancia entramos en un terreno difícil de precisar. Por tolerancia entendemos de un modo casi inmediato un valor y una virtud que toda persona que forma parte de este nuevo mundo globalizado ha de desarrollar.

La gracia de escuchar.

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Cuando afirmamos que cada uno tiene su propia verdad estamos, sin darnos cuenta, alimentando la posibilidad de no entendernos. Con tal postura soberbia, de aquel que se cree "único dueño de la verdad", es imposible la relación con los otros. Sin embargo, quizás tal relativismo, no necesariamente impida que nos relacionemos humanamente. Todo depende de cuán capaces seamos de escuchar.

Escribir no es fácil, pero conozco a algunos que lo hacen cómo si fuese lo más sencillo del mundo. Francisco es uno de ellos. A veces se saca estas letras de no sé donde y hoy las quiere compartir con nosotros.
Aprovecho así de iniciar el espacio de mis amigos, o de aquellos que admiro. Les invito a que ustedes también los miren como amigos.

El hombre sencillo

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Cuando era adolescente y buscaba mi destino, sin saber qué hacer de mí, descubrí en un bello libro este poema. Desde allí lo llevo conmigo, es el mismo poema que recito al término de mi curso de Antropología Filosófica (¿recuerdan los sicólogos?).
Como hoy es sábado y por convicción no hago nada, les dejo este regalito...

Afirmar esta frase es algo que solemos plantear a las personas que sufren de soledad, de aquella maldita soledad que nos impide reconocer que hay alguien que pudiese entendernos. En realidad si somos honestos con el término, no deberíamos gastar la palabra soledad con esta situación.

Ética y Felicidad

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La palabra ética no es precisamente una palabra que tenga las preferencias de mis alumnos. En el fondo sí lo está entre sus preocupaciones inmediatas, pero no se dan cuenta. Sin embargo al momento de verbalizar y expresar los significados que dan a este término suelen aparecer, con no poca desidia y desencanto, las acepciones de “normas”, “reglas”, “valores”, “imposiciones” y “buenas costumbres”.

Es Hora...

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Esta es la hora Que nos sentemos frente al mar Nosotros Los hijos más terribles de la historia
Congreso

Quizás fue la desidia de los intelectuales que, encerrados en sus verdades inmutables e investigaciones insustanciales, no captaron la verdad de la vida cotidiana, el desafío del sinsentido, la desesperación de la tristeza, la angustia de la propia pobreza, el dolor del desamor.

Quizás fue el cuestionarse de tantos amigos jóvenes, que he ido descubriendo en mis años de profesor, los cuales me advirtieron que la vida no era como se esperaba, que las cosas no siempre resultan con fe ni con esperanza, que la vida es dura y que nadie está allí para aconsejar y cuestionar.

Quizás fue el despertar de hija que me exigió pensar nuestro entorno y tratar de encontrarle una razón a lo que ocurre. Quizás fue esa angustia que me provoca el no saber si
estaré siempre allí, como ya no lo estuvo mi padre cuando lo necesité. Quizás fue aquello lo que originó esa necesidad de hablar, de cuestionar, o sugerir lo que hay que hacer.

Es por eso que surgió el momento, la hora de que uno de los tantos “hijos terribles de la historia” tome la palabra y diga su versión de las cosas. No hablo de verdades eternas e inmutables, sino de interpretaciones, de modos de entendernos y de caminar en conjunto. No me creo dueño de la verdad, pero tampoco me declaro su desconocido. Soy uno más de los que la han buscado una y otra vez.

Por ello quiero sentarme frente al mar, junto a ustedes, mis amigos, para que podamos reflexionar en conjunto sobre lo que nos aqueja aquello que nos preocupa. Digamos que quiero crear un espacio de ocio, de ese bendito y productivo tiempo libre, que nos lleve a pensar, a reflexionar acerca de nuestras vidas y de cómo podemos encontrar en ellas un espacio para vivirlas.

Verán, no se trata de nada complejo. Solo de crear momentos de paz y tranquilidad, quizás con algo de angustia y desesperación, que nos permita cuestionar lo que nos pasa. Les invito a vivir un espacio de reflexión y de cuestionamiento. Quizás si lo hacemos descubramos que la vida es más simple de lo que creíamos y así podamos simplemente dedicarnos a vivirla.

Pues bien, te invito, los invito a sentarse conmigo frente al mar, a todos aquellos hijos de este tiempo, para que respondamos lo que nos ocupa: nuestras vidas.