Amor de Dios (2)

| | Comentarios (0) | TrackBacks (0)

Para finalizar esta forma distinta de entender el amor, dejo con ustedes un trozo, bellísimo de Agustín de Hipona.

Ojalá guste a los creyentes y los tolerantes lo aprecien.

Señor, te amo con conciencia cierta, no dudosa. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Pero también el cielo, y la tierra, y todo lo que en ellos se contiene, me dicen por todas partes que te ame. No cesan de decírselo a todos, de modo que son inexcusables (cfr. Rm 1, 20) (...).

¿Y qué es lo que amo, cuando te amo? No la belleza del cuerpo ni la hermosura del tiempo; no la blancura de la luz, que es tan amable a los ojos terrenos; no las dulces melodías de toda clase de música, ni la fragancía de las flores, de los ungüentos y de los aromas; no la dulzura del maná y de la miel; no los miembros gratos a los abrazos de la carne. Nada de esto amo, cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y abrazo de mi hombre interior allá donde resplandece ante mi alma lo que no cabe en un lugar, donde resuena lo que no se lleva el tiempo, donde se percibe el aroma de lo que no viene con el aliento, donde se saborea lo que no se consume comiendo donde se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Pero, ¿qué es entonces Dios? Pregunté a la tierra, y me respondió: «No soy yo»; y todas las cosas que hay en ella me contestaron lo mismo. Pregunté al mar, y a los abismos, y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros». Interrogué a los aires que respiramos, y el aire todo, con sus moradores, me dijo: «Se engaña Anaximenes: yo no soy tu Dios». Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, que me respondieron: «Tampoco somos nosotros tu Dios». Dije entonces a todas las realidades que están fuera de mí: ¡Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de Él! Y todas exclamaron con gran voz: «Él nos ha hecho». Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta su aspecto sensible.

Entonces me dirigí a mí mismo, y me dije: «¿Tú quién eres»; y me respondí: «Un hombre». En mí hay un cuerpo y un alma; la una es interior, el otro exterior. ¿Por cuál de éstos debía buscar a mi Dios, si ya le había buscado por los cuerpos, desde la tierra al cielo, a los que pude dirigir mis miradas? Mejor, sin duda, es el elemento interior, porque a él—como a presidente y juez—transmiten sus noticias todos los mensajeros corporales, las respuestas del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos se contiene, cuando dicen «No somos Dios» y «Él nos ha hecho». El hombre interior es quien conoce estas cosas por ministerio del hombre exterior. Yo, interior, conozco estas cosas; yo, yo alma, conozco por medio de los sentidos corporales (...).

Confesiones, X, 6

0 TrackBacks

Listed below are links to blogs that reference this post: Amor de Dios (2).

TrackBack URL for this entry: http://www.ricardodiaz.org/cgi-bin/mt-tb.cgi/625

Escribir un comentario

Sobre esta entrada

Esta página contiene una sola entrada realizada por Ricardo y publicada el 31 de Enero 2006 5:30 PM.

Amor de Dios es la entrada anterior en este blog.

Bambú japonés es la entrada siguiente en este blog.

Encontrará los contenidos recientes en la página principal. Consulte los archivos para ver todos los contenidos.

Powered by Movable Type 4.0