Intelectuales (2)
Cuando se inicia la modernidad con Descartes el intelecto pierde esa condición de “lector de realidad” y pasa a transformarse en una herramienta analítica, procuradora de certeza y seguridad. Ya no es el intelecto como potencia de alma, sino antes bien es la razón como conciencia interna la que nos da la seguridad de nuestra propia existencia y luego de toda idea que se nos ocurra.
Pero no es cualquier razón. Descartes no había leído a Gardner y poco le importaban las razones de los poetas o músicos. La certeza sólo la sustentaba una ciencia que fuese perfecta en su planteamiento y en su resolución: las matemáticas, mediante sus razonamientos geométricos.
De alguna forma la razón que comenzaba a gobernar y a regir los destinos de la humanidad era la razón científica. Precisábamos de una herramienta lógica, que articulara una idea tras otra para desarrollar las argumentaciones; un sistema analítico que revisara con cuidado y rigor cada enunciado que se planteaba ante la mente de forma que nada nos fuese entregado sin un cuestionamiento previo; un quehacer metódico que regulara los pasos por los cuales debería caminar el conocimiento seguro y sobretodo una razón evidente, que diera cuenta con hechos y observaciones de la validez de sus premisas. Es así como la razón científica engalanaba todo discurso, el hombre apoyado en su lógica, en su potencia analítica y metódica y en las evidencias de sus observaciones comenzaba a autoconvencerse que la verdad al fin estaba al alcance.
La verdad ya no era solo religiosa, sino también humana. El antiguo intelecto divino cedía su autoridad a los humanistas de la modernidad.
Por ello no es de extrañar que los hombres de la ilustración apreciaran con optimismo y no poca soberbia el papel que les tocaba desempeñar en la historia de la humanidad. El orden y el poder emanado de la autoridad divina quedaban en manos de cada uno, que desde su propia capacidad de razonar era capaz de erigirse en juez de su propio destino. Recogiendo las palabras de Kant, el hombre escapaba a su infancia y dejando de lado la mano paternal del poder religioso se erigía como un adulto que no necesitaba más apoyo que su propio razonamiento.
Con la confianza puesta en este ideal de plena autonomía racional y con la valoración de las letras y las humanidades, se dio a partir del siglo XVIII[1] un giro al quehacer cultural que marcó el surgimiento de una nueva casta: los intelectuales.
La palabra intelectual venía utilizándose desde el siglo XIV en Francia y un siglo después en Inglaterra, pero su uso más cotidiano y profundo fue sin duda en las postrimerías del siglo XVIII e inicios del XIX. Los hombres de letras, jueces, poetas, artistas o literatos, de pronto captan la necesidad que tiene la sociedad de ser guiada por mentes ilustradas, que abandonando la superstición de la fe, reemplacen a la curia de su papel orientador y regulador de las vidas humanas.
Tal misión, sin embargo sólo podía ser ejecutada por un tipo especial de hombres. No son precisamente seres sencillos y humildes, sino todo lo contrario, eran mentes orgullosas de sus capacidades y de sus logros, con un dejo narcisista respecto de sí mismos y con no poca pasión por lo elaborado[2]. José Joaquín Brunner en un bello texto cita a Roy Porter y nos da una pista acerca de las características que tiene esta casta de intelectuales:
"Con el auge de las belles lettres, novelas, revistas, diarios y folletines, Gran Bretaña se vio inundado de impresos, y surgieron elaborados loops de retroalimentación, reales y virtuales, vinculando a autores y auditores. Iluminados hombres de letras asumen una diversidad de ropajes: como jueces, reformadores, escribidores de jeremiadas, satiristas, columnistas de vida social, profetas, gurúes, guardianes, publicistas y tribunos del pueblo. Muchos adoptaban poses dramáticas; de auto-promoción, auto-publicidad, incluso de lacerante auto-confesión. Los intelectuales llegan a exudar el aire narcisista de una camarilla bien pensante, escribiendo unos sobre los otros, y propagando subrepticiamente la idea de que los escritores y artistas eran la gente que realmente importaba; los verdaderos legisladores del mundo".
Estos intelectuales se plantean a sí mismos como los legisladores del nuevo orden mundial. Su intencionalidad es práctica: resolver los problemas de la humanidad, aconsejar, orientar pero ante todo regular y dar pautas de acción adecuadas a las personas. No hay en ellos un afán teórico, sino práctico. ¿Cuándo terminaron enclaustrándose en las universidades, alejándose de las reales necesidades de su entorno?
Quizás la respuesta está en sus inicios: ellos mismos se plantearon a sí mismos como una casta exclusiva. No cualquiera pertenecía a este grupo, solo unos pocos elegidos que al ser validados por los grupos de poder, daban a sus palabras un crédito especial que hiciese necesario escucharlas. Y esto es lo paradójico: el intelectual se visionaba a si mismo como alguien que merecía influir sobre los demás, por la calidez de sus argumentaciones, y si no lo lograba desperdigaba ataques hacia su entorno y muchas veces terminaba siendo perseguido por aquellos a quienes quería ayudar. La pertenencia o no a esta casta no se sustentaba por tanto en la validez de sus argumentaciones, sino más bien en el poder de convencimiento que generaba en los otros[3].
Sin embargo, ese convencimiento también es paradójico. El intelectual se sabe diverso, distinto de los gustos populares. No busca un apego generalizado, no busca un reconocimiento total. No es el profeta de las masas, sino antes bien es el guía de las clases de poder. Él busca controlar a quienes controlan.
¿Cómo logra tal influencia? No lo hace necesariamente por su capacidad intelectual, sino por la función social que llega a establecer. El respeto no se logra por las capacidades internas de alguien, sino por la cualidad de valor que logra transmitir a los otros. El intelectual tiene la capacidad de promoverse, de hacerse necesario, de manifestar su importancia. Y quizás ello no nazca ni del nivel de su intelecto, como tampoco del contenido de su discurso, sino simplemente de la aceptación que él mismo genere en el público de elite al cual quiere llegar.
Una vez que logran tal respeto se constituyen en la conciencia de su sociedad y es aquí en donde el intelectual comienza a perderse. El intelectual nace con un afán romántico, cuasi revolucionario, de alternativa a los centros de poder conservadores, marcados por la religiosidad imperante o por la superstición social, son la reacción, son la salvación que la inteligencia otorga a un pueblo deseoso de consejo. Sin embrago, cuando acomete con éxito tal tarea se convierte en lo mismo que renegó, en un estamento inoperante, incólume, inalterable de lo que debe hacerse: el intelectual se transforma en la intelligentsia.
[1] El aumento de la imprenta y la mayor circulación de textos escritos facilitó el nacimiento de estos hombres de letras que apoyados de sus textos se planteaban así mismos como gurúes o guías de la sociedad. La palabra escrita comenzó a dar mayor autoridad a estos hombres. ¿Es posible que el nacimiento de la web 2,0, este explosivo auge de los blogs o bitácoras marque una nueva ilustración cibernética y marque el inicio de una nueva casta de intelectuales?
[2] Cuando leo diversas bitácoras, la mía incluida, no dejo de recordar a estos viejos ilustrados. ¿Con qué autoridad me paro frente a mis lectores para presentar mis teorías? Simplemente con el poder que me da mi capacidad de respirar.
[3] ¿Alguien dijo sofista?
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Holassssssssss
La cita de Roy Porter, pero al hueso, se agradece toda la base histórica que da en sus comenatrios, contextualiza los procesos.... aaaah y la crítica que hizo de los intelectuales de hoy... ¡¡milagrooo!! la comparto totalmente con ud....
... creo que a cada momento nos enfrentamos a tipos que se creen el cuento, que entre tanto libro y repetir lo que dicen otros, ya sienten que el conocimiento les pertenece y por lo tanto ¡¡ya tienen poder!! cual he-man, y no sólo de influir si no de categorizar a las personas como idiota o cercano a su nivel (casi como elogio), son tan pedantes..... y como broche de oro pucha que son desagradables.
Ayyyyy ya ya me haré un autoanálisis y veré si tengo esa pedantería.. porque de intelectual no me alcanza ni pa... na po..... jajajajaj... pero me rodeo de un mundo bien engreido, mas vale prevenir que curar.
Gracias por escuchar y dedicar minutitos, siempre hace reflexionar.
chauuuuuuuuuuu