Relatos Docentes: Carta a Duver
¡Y los profesores nos equivocamos! Y nuestros errores perduran en la memoria, no se desvanecen tan rápido como quisiéramos. A veces confundimos ayudar con permitir faltas, otras educar con poner notas y a veces se nos enreda el apoyar con el desentendernos.
Y cuando eso ocurre es grave, muy grave.
Al leer este relato reconocí un error mío, pero a su vez reconocí la voz de una profesora pidiendo perdón por su falta y tratando de redimir en el arrepentimiento lo cometido. ¿De qué sirve contar una falta y mantenerla en el tiempo, si lo hecho hecho está?
¡De mucho! Sólo así nos aseguramos de no volver a errar y así cumplir efectivamente con nuestra vocación.
Con mucho craiño les comparto el relato Carta a Duver, de la profesora Ines Barraza Diaz.
CARTA A DUVER
Es difícil olvidar aquella mañana que por primera vez te vi, tu cuerpo no estaba precisamente "bien sentado", ni dispuesto a escuchar una, muy probable, aburrida clase de lo que entonces llamábamos Castellano. Tu mirada se ocultaba entre esos párpados cerrados que denotaban una larga noche de juerga; no sabía nada de ti, al pasar la lista, la cual no contestaste, supe tu nombre, alguien susurró la palabra "caña", creí entender, me acerqué con paso firme hasta tu pupitre, te hable con un tono elevado y molesto: "joven le estoy hablando"; desprendiste lentamente tu cabeza de entre tus brazos y me miraste; aquellos ojos verdosos tenían algo más que alcohol, en ellos había tristeza, dolor, rabia, desencanto, todo lejos de lo que se podría esperar de un joven de tu edad; no dije nada, me dirigí al pizarrón e inicié mi clase.
Desde aquel día comencé a conocerte. Con los colegas compartíamos ideas acerca de tu vida, de tu historia, más bien conversábamos de lo creíamos saber de tu existencia. Hay ocasiones en las que los Informes, las Encuestas y tantos otros documentos no reflejan ni la cuarta parte de la vida real de un ser humano. Contigo pasó algo así, nunca logramos saber todo.
Podría pensarse que eras de aquellos alumnos que no asisten regularmente a clases; sin embargo, pocas veces te ausentabas, cuando querías, eras brillante, tenías opiniones consistentes, cuando no, te superaban los pesados residuos de alcohol que corrían por tus venas, esos que no te dejaban ni siquiera sentir el dolor de los golpes que se evidenciaban por los tonos amoratados de tu rostro o las magulladuras de tus manos, muestras de tus desencuentros nocturnos, de esa agresividad propia del que bebe en exceso. Siempre estabas en prioridad, cuando de buscar ayuda para ti se trataba; tantas charlas, tantos consejos, en fin, tanto de todo lo posible o conocido.
En lo que a mí respecta, creo haberte preguntado mil veces ¿por qué no cambias?, que superficial suena hoy, sé que no tenías respuesta alguna. En muchas de mis clases te permití dormir, con algo de complicidad y de impotencia; complicidad porque quería que soportaras la jornada, que no te fueras a la calle y de impotencia, porque sabía que no encontrábamos la fórmula para ayudarte.
Eras un muchacho simpático, cuando la sobriedad te acompañaba, tenías la "talla" a flor de piel, podías hacer reír, alegrar las clases, sacar de la rutina, esa rutina que es casi una enfermedad, pues muchas veces logra penetrar nuestros espíritus. A veces me pregunto, cómo podías pasar de un estado tan hermoso, tan propio de la maravillosa edad de la adolescencia, a uno tan lamentable, como es el del dolor y la evasión.
Creo que desde aquella primera clase, nunca tuve un problema contigo, jamás una falta de respeto, incluso he llegado a pensar que hasta me escuchaste más de algunos de mis consejos, el problema fue que no encontré nunca el apropiado, esas palabras mágicas capaces de lograr en ti un cambio. Otras veces pienso que me faltó experiencia; sin embargo, fuimos tantos los que nos preocupamos, pero poco lo que logramos.
El tiempo fue pasando, nuestro objetivo se transformó en la obsesión de subirte a un escenario, en un acto solemne llamado Licenciatura, para que recibieras henchido de orgullo el tan anhelado documento que acredita el egreso de Enseñanza Media; ese día llegó, misión cumplida, pensamos todos. Lo celebraste, sí que lo celebraste, a tu manera, lógicamente. Desde entonces, pasaste de la categoría de alumno a la de ex alumno. Todos podrían pensar que esto fue el final del proceso de enseñanza-aprendizaje; para ti, tal vez, para mí fue el comienzo, el triste comienzo, con el cual asentaría una verdad que nunca se debe olvidar.
Viene a mi mente aquella mañana, cuando rumbo al trabajo te vi, me esbozaste una sonrisa, te respondí, seguí caminando y me dije: " se ve bien", la vista engaña, sin duda. Quien iba a pensar que esa sonrisa no era de alegría, era un triste adiós, una despedida sin retorno. Tiempo después me enteré que un día decidiste dejar esta vida, sin otra explicación que la propia decepción de estar en ella. En más de alguna ocasión me he cuestionado por qué no me detuve un minuto para que intercambiáramos algunas frases, quizás pude haber dicho algo, haber preguntado, haber expresado afecto, en fin, nunca sabré si una palabra mía te hubiese servido para repensar tu camino, lo más probable es que no. Lo que sí sé hoy, irremediablemente, es que equivocamos el verdadero objetivo, lograr que egresaras de cuarto medio no era lo importante, lo realmente importante era darle sentido a tu vida; fallamos, fallé. No obstante, aprendí una gran lección; la educación es orientar hacia el futuro, enseñar y aprender que la vida es un tesoro de incalculable valor, que se debe proteger y amar, que cuando este hermoso proceso de aprendizaje es logrado, lo demás viene de añadidura.
Estimado Duver, querido alumno, siempre te recordaré.
Ally
0 TrackBacks
Listed below are links to blogs that reference this post: Relatos Docentes: Carta a Duver.
TrackBack URL for this entry: http://www.ricardodiaz.org/cgi-bin/mt-tb.cgi/2374

Necesito contactarme con Inés Barraza Díaz, hace mucho que no sé de ella y preciso reencontrarme con ella...
érika