Miedo a elegir

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el-lobo-y-el-cordero.jpg(BORRADOR)
"El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad"
Erich Fromm

Hoy intentaba salir del estacionamiento del centro comercial. Se ha hecho una costumbre por parte de las grandes empresas crear estos grandes santuarios del consumo, invitarnos a él y cobrarnos por querer entrar en ellos. Acá en Chilito los estacionamientos de estos centros se pagan (y no en forma barata, me pregunto si en otros países será igual). Uno que se asume consumista va y paga por comprar (¿? ¡Creo que debería escribir sobre eso!).
Sin embargo, hay algo que me llama la atención. Cada vez que intento salir hay una larga fila esperando el turno para poder salir solo por un carril de la pista. El otro carril de salida está sin uso. Y todos tranquilos esperando. Yo que soy impaciente por naturaleza, más de alguna vez he salido de la fila para ocupar ese carril vacío. Me arriesgo a perder mi puesto, si es que está malo... pero, ¡sorpresa!, ocurre que casi todas las veces me he encontrado con que se puede salir por él.
¿Qué pasa?
Una explicación factible es que muchos llegan, ven la fila y asumen que el carril vacío no se ocupa porque está malo y ¡hacen la fila! Suena simple. Otra explicación, que es la que me preocupa, es que simplemente la gente no se cuestiona nada y asume su condición de cordero (con el debido respeto que me merece este noble animal). Y sin mediar mayor reflexión se viven a sí mismos como corderos.
Les invito a revisar si somos corderos o personas...

Esa cosa llamada libertad.

No es fácil entender el concepto de libertad. Tradicionalmente se asociaba con la capacidad de elegir. Por ello los filósofos medievales hablaban de ella como "libre albedrío", que es simplemente la capacidad que tiene toda persona de elegir hacer o no hacer algo. El problema surge que cuando te dicen lo que puedes o no puedes elegir es difícil precisar si eres efectivamente libre.

Por ello, durante la modernidad, en clara alusión a lo que nos dice Kant en ese bello escrito "¿Qué es la ilustración?", el concepto de libertad toma otro cariz: la libertad se puede asociar con la independencia de toda situación o autonomía de las decisiones. Erich Fromm parece coincidir con esta visión. Una característica del hombre moderno parece ser la individualidad e independencia del ser humano. El afán por ser independiente, por poder tomar decisiones por sí mismo, basado en la propia racionalidad, dejando de lado credos e influencias ajenas, sería lo distintivo de la libertad moderna.

La libertad entonces sería la forma de alejarse del grupo, de las creencias sociales, del qué dirán, de lo que todos hacen. Sería por tanto la expresión de la individualidad, de lo que cada uno en conciencia pudiese elegir. El problema es que esto genera mayor inseguridad.

Es fácil elegir cuando las consecuencias de esas elecciones no recaen sobre uno. Por eso caemos en el espejismo de la "libertad infantil". Al niño le creemos más libre porque no se responsabiliza de lo que hace, su padre responde por él (se supone en un lugar educado, acá en Chile casi siempre "paga Moya"). Sin embargo sabemos que el adulto al tomar una decisión debe responsabilizarse por lo que hace y esa atadura con los resultados es lo que muchos quieren negar de su libertad y por lo mismo terminan negando su libertad. Sin embargo es un espejismo: el niño no elige, el niño solo reacciona a lo que el medio o sus padres le ponen, por lo mismo el niño es menso libre que el adulto, quien sí puede elegir, y ser libre, si es que está en una postura de querer siempre asumir responsablemente lo que elige. Ya Sartre nos advertía de esto: la libertad es angustia, es riesgo, es asumir que nos podemos equivocar y estar dispuesto a asumir las consecuencias del error.

Por ello (¡cobardes que somos!), no queremos elegir. Es como si a todos nos invadiera un complejo de Peter Pan, y quisiéramos dejar de elegir, lo que se traduce en volver a ser niños y que los demás elijan por uno. "Yo no elegí esta carrera", dice el profesor amargado y se desquita con sus alumnos. "Mi jefe fue quien decidió esto, yo sólo obedezco" dice el funcionario público y no atiende con respeto a su clientela. "Para qué vamos a votar, si igual hay que trabajar", dicen los casi tres millones de chilenos que no votan y que dejan que otros decidan por ellos, conformándose con lo menos malo.

Todos estos son ejemplos concretos, evidentes, visibles de las conductas de evasión que adquiere el hombre moderno, solitario en su individualidad, para no asumirse libre: autoritarismo, autodestrucción y conformismo.

Evadiendo que es gerundio.

La idea de la modernidad era que el hombre afirmaría su autonomía, guiado e el poderío de su razón. Al poder razonar, cada uno con su propio intelecto, las decisiones personales no estarían influenciadas ni por prejuicios ni por creencias religiosas. El ser humano lograría así su independencia de todo poder ajeno a la naturaleza humana.

Sin embargo eso no ha ocurrido. Elegir por sí mismo, implica llegar al estado de adultez. Asumirse adulto es asumirse responsable y ello implica que cada decisión genera el riesgo a equivocarse, a perder. Por ello, preferimos evitar el riesgo. Una actitud asumida para esta evasión es el conformismo. Cuando una persona deja de escoger y asume lo que la sociedad desea que sea él, sin chistar entra en este estado. Es la postura de quienes esperan que otro actúe pero que mientras se quejan de todo. Conozco de varios que no votan, pero que quieren cambios y mientras siguen sin comprometerse a nada.

Otra actitud es la autodestrucción. Es negar nuestra propia capacidad de resolver los problemas y negar cualquier posibilidad de libertad, intentando acabar con lo que nos rodea. Ya saben el que raya las paredes, el que en una celebración rompe las bancas, el que destroza las luminarias. Ése.
Pero el estado más preocupante es el del autoritarismo. Consiste en negar la propia individualidad para fundirse con otros en proyectos generales y comunes, que desde una irracionalidad sustentan "el deber ser". Se entra en un estado de dominación o de sumisión que son irrefrenables. Es el típico hombre común al cual le corresponde por un momento tener autoridad sobre otros: la utiliza para maltratar a otros y luego se excusa diciendo "era mi trabajo hacerlo".

Es la peor forma de evasión pues simula la libertad en órdenes de otros o en "lo que se suponía debía hacerse". Lo propio de la libertad es que cada uno debe decidir qué debe hacer y ello implica asumirse a sí mismo como rector de su vida y no que su vida sea vivida por decisiones tomadas por otro. Son personas que se viven como corderos en espera de algo que les permita convertirse en lobos para los demás.

Hacia otra libertad.

El estudio de Fromm sobre la libertad termina haciendo un psicoanálisis de las posibles causas de estas evasiones. Pueden profundizarlo en el texto titulado "El miedo a la libertad".

Sin embargo mi intención al escribir estas líneas es otro. Al definir la libertad solo hemos apuntado a su dimensión negativa, como "independencia de" o como "libertad de". Es bueno, considerarla así pues acentúa el aspecto de autonomía que progresivamente vamos logrando mientras crecemos. Sin embargo no es el único aspecto de la libertad. Hay otro, uno positivo que nos concreta con nuestra capacidad de crear. Mounier la llamaba "libertad para" y consiste en la capacidad de escoger entre diversas posibilidades para construir el propio destino. Sin embargo, no es solo elegir, es también comprometerse con la elección de forma tal que se puedan llevar a efecto todos los cambios pensados e imaginados a la realidad.

Creo que la verdadera libertad se manifiesta en esta responsabilidad con lo elegido, en ese compromiso con lo que se desea desarrollar. Solo en tal acción hay creación. Y con ella se alcanza la plenitud de lo humano. Hay riesgo, sí, pero también la infinita posibilidad de desarrollar un proyecto propio.

Si sólo asumiéramos que nuestra vida se juega en nuestras elecciones y que el comprometerse con ellas nos otorga un espacio de mayor desarrollo personal, entenderíamos que es posible siempre mejorar nuestras condiciones o al menos dar la lucha por lo que creemos.

En tiempos como los que los vivimos, debemos dejar nuestra túnica de corderos, y la única forma de hacerlo es comprometiéndonos con nosotros, con lo que creemos correcto. No más lamentaciones, no más lamer heridas, no más quejas, solo compromiso y libertad, libertad real, de querer ser mejores personas.

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